EN VISPERAS DEL FIN DEL MUNDO
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Satanás, mi vida!...

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Se cuenta que el tenebroso Príncipe del Mal ya hacía de las suyas en la alta Edad Media. En realidad el Ángel Caído nunca estuvo ocioso y siempre anduvo por ahí enredando. Aunque desde que apareció, ya hace mucho, -es de la misma quinta que Dios y creo que hicieron la mili juntos; uno de cabo furriel y el otro de soldado raso-, se le ha identificado con distintos nombres a cual más cantarín: Satanás, expresión que siempre me recordó a una mecedora; Lucifer, Belcebú y otros similares, su actividad bajo cualquier alias siempre fué la de cizañar e incordiar, prodigando la maldad y las putadas.

Bien que entonces no existía el fenómeno mediático ni la CNN, pero desde antiguo el tipo era muy conocido entre el populacho, -mayormente entre las clases menesterosas, ávidas de un mendrugo y escapistas del arado, con ínfulas de llegar a noble-, y siempre se las arreglaba para no pasar desapercibido y montar el número.
Son un clásico sus extenuantes y escandalosos fornicios con las púberes, -de siete sin parar, se jactaba ante sus amigotes de taberna-, así como las misas negras, por no hablar de sus célebres pactos con Fausto y con algún que otro mortal importante, lujurioso y avaro de riquezas aquí en la vida terrena, que es donde importan.

De modo que su vida y milagros siempre fueron bien conocidos. Creo incluso que en alguna aldea del centro de Europa se le llegó a dedicar una callejuela a instancias de un Conde que le rendía vasallaje.

Y así digo que el Príncipe del Mal fue muy real para los cristianos en la Edad Media, y su solo nombre les provocaba retortijones de barriga.

Como Diablo, Satanás, Lucifer, Belcebú, o bajo otros nombres no tan conocidos que usaba cuando viajaba de incógnito, era el enemigo público de Dios y el gobernador del submundo, especie de lugar parecido al underground que diríamos hoy pero poblado de aquelarres, apetitosas vírgenes desnudas y cachas, muy liberadas sexualmente, cirios negros, cuchillos relucientes de charcutero y sangre de gallina caída en desgracia.

Él era el Jefe y capitaneaba una horda de pequeños diablos, demonios, espíritus, íncubos y súcubos que se afanaban incesantemente en descarriar al hombre por caminos que no conducen a ninguna parte, obstaculizando los buenos propósitos de Dios, cuya voz a veces era ignorada totalmente por los feligreses que pasaban de el fingiéndose sordos, como si la cosa no fuera con éllos. (¡Jo que tío más pesado!, - decían los jodios.)

El ejército del diablo, por eso de que lo malo abunda, era mucho más numeroso que las fuerzas de Dios, incluídos sus marines y comandos especiales. Un antiguo teólogo, Reichhelm de Schònga, quien a lo que parece también ejerció de contable con éxito profesional dudoso en una fábrica de harinas, fió su palabra a que los esbirros del Diablo en la tierra eran exactamente 1.759.064.176, aunque se negó en redondo a desvelar las bases de sus cálculos.
Ahí es nada la cifra; ahí es nada tantas mentes retorcidas en pos de la maldad. Bajo la influencia del humo de algunas yerbas un poco estimulantes, -añadía el clérigo- el demonio también reinaba sobre las brujas, todas las cuales le habían jurado sumisión a cambio de dones materiales, poderes mágicos o voluptuosos retozos.

Menudo panorama: La Edad Media medio tomada por el Diablo y sus correligionarios, por una parte, y, por otra, por el moro que ya se había jalado Al Andalus y tenía acoquinado a don Pelayo a punto de echarlo al mar Cantábrico mientras los Templarios, cambiando sus herrumbrosas armaduras por los paños menores más exóticos, no salían de los burdeles, dándose también en retozar en los pajares con las aldeanas rechonchas mientras mandaban a sus maridos a comprar tabaco.

¿Y qué hacía Dios que permitía tanto desafuero, aparte de soplarle al oído la cifra exacta de malvados al santurron contable?. Eso. ¿Cómo había podido permitir que el cotarro se le escapara de las manos de esa manera?. Pues la verdad es que Dios hacía lo que podía, que no era mucho, y tampoco es cosa de echarle a él la culpa de todo, que bastantes problemas tenía el hombre: Adán obcecado persiguiendo a Eva en porretas, Caín todo el día sin soltar la quijada de asno, éste quejándose de que le habían quitado la quijada, Abel también quejándose de las bromas de Caín.... Bueno, que todo estaba muy movido y Dios bastante tenía con tratar de poner orden en este guirigay.

 

 



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