EN VISPERAS DEL FIN DEL MUNDO
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TRAICION EN LA REPUBLICA DEL NABO (Novela escabrosa por entregas...>>>

Cap I) Uno para todos, todos para uno...

Aquel día lluvioso la Enriqueta Chichi amaneció escocida y desmadejada, sin duda por los efectos aun recientes de la frotación de la noche pasada, en la que el subintendente Nabo le había dado hasta el aburrimiento por el anverso y por el reverso.

Así pues, Enriqueta se dirigía de mala gana y esparrancada hacia el jakussi de su chalet de la Eliana, ya casi pagado gracias a la subjefatura conseguida tras arduos oficios, a tomar un baño mañanero y prepararse para después de la siesta, momento para el que de nuevo había sido solicitada por el subintendente. - Otra vez, - pensó para sí - ¡Qué tío más pesado!, y encima presumiendo de que tiene una buena minga. Lo que hay que hacer para conservar la subjefatura. Por Dios que cuando acabe de pagar el chalet el pichacorta ese se va a enterar. Le voy a mandar al guano, a que se la refriegue a su abuela.. -Se dijo para sí, mientras se metía en la bañera, sorprendida de usar lenguaje tan soez,

Por sus partes, Ricardo Machaca-Cascales de Los Montes y Castro Viejo, conocido en la casa para abreviar como el "Matanzas", el "Morcillas", el "Matarife" o motes similares, se hallaba a la sazón profundamente dormido en una de las cabinas de edición, aún cansado del rosario de violaciones que había perpretado la noche anterior como quien no quiere la cosa. Entre ronquido y ronquido, un reguero de baba le resbalaba por la comisura de los labios juntándose con los restos del estofado de garbanzos del mediodía anterior y las grasas del cordero menier de la cena, mientras hacía visajes de gusto y, también entre sueños, se toqueteaba sus partes echado en el butacón ante una pantalla que daba carta de ajuste y le fastidiaba el sueño con los endemoniados píxeles brillantes. Y es que, en el placentero sueño del gordo, en vano corrían y corrían las desdichadas mozas de la cadena pública televisiva a esconderse de la lascivia del Matanzas, ya que éste, aunque un poco obeso y falto de fuelle, les daba caza y captura en los pasillos y las introducía en algún despacho abandonado, resollando forzado como un desfallecido, lo cual que aumentaba su lujuria y sus bascas, llegando a barbitar como un verraco enloquecido de puro deseo mientras las apoltronaba en la moqueta para darles matarile.

Pese a que era una evidencia sabida por todos, algunas olvidaban que nadie podía pretender entrar en la Empresa con una simple oposición. Eso del temario, las preguntas y la entrevista era el requisito mínimo, el legal, ya que para entrar, amén de otras habilidades, enchufes y conocidos, lo que realmente daba buen resultado era pasar por la entrepierna del subintendente; eso sí era promoción interna, así había plaza segura. Y para aquellas que olvidaban el sistema, allí estaba el Matanzas para recordárselo: achuchones, sobos, refriegues, persecuciones, carreras y al final matarile rile rile en cualquier cabina de postproducción. Y es que, generoso como era, el subintendente Nabo no tenía inconveniente en cederle los restos de sus festines al Matanzas, en justo pago a sus servicios de ayuda de cámara que tanto le servía para un roto como para un descosido, o sea, para acogotar a algún sindicalista ojeroso o para aclararle las ideas a algún militante del partido desacarriado que quisiera ir por libre, de suerte que la mera presencia del Matanzas obraba el milagro de acallar rápidamente cualquier disidencia e incluso resolvía con facilidad los empates en las votaciones, sobre todo si eran a mano alzada.

Y en esos voluptosos sueños estaba nuestro personaje cuando un ring...., le hizo rebullirse en el sillón. Rring...., ring... Uno de los diecisiete móviles del Matanzas triznaba a toda leche desgranando una melodía preprogramada de Movistar, aunque hubiera hecho falta una coral de móviles para despertar al gordo, que siguió roncando sin inmutarse y en sueños le lanzó un mocasín sudado al monitor, el cual dejó de parpadear la carta de ajuste en el acto.

¡La hostia, aquí no hay quien duerma, joder! -Se dijo para sí el gordo, acomodádose más a gusto en la poltrona y aflojando un sonoro pedo, reminiscencia no deseada del cordero menier, mientras se rascaba sus partes en un movimiento reflejo.

Sin embargo, la vida seguía su curso: unos tan dormidos y otros tan despiertos. Al otro lado de la línea celular, impaciente como una novia y fuera de sí, el sub-subintendente Adolfo Zaragüells, conocido en la empresa como el Fallero, se daba a Dios y al diablo por la tardanza del gordo centurión en atender al móvil. ¡Este tío es un inútil!. Siempre fornicando, bebiendo y comiendo morcillas, pero de servir a la empresa nada. - Se dijo para sí, el Fallero, mientras marcaba al azar otro cualquiera de los diecisete números del Matanzas. ¡Su puta madre!, - rezongó para sí Zaragüells. No hay manera con el tío este. Le voy a dar una hostia cuando venga por aquí que lo voy a tumbar de espaldas, se dijo para sí, pensando que si el subintendente Nabo podía atizarle al gordo el no iba a ser menos, siquiera fuera por cuestión de prestigio y rol social en la empresa, aunque sin duda iba bastante errado en sus posibilidades reales de noquear al gordo machaca, el cual gustosamente se dejaba pegar los pellizcos de monja del Nabo por puro interés profesional en hacerse un lugar en la empresa.

Y es que, ciertamente, de proponérselo el gordo, de una certera hostia perfectamente hubiera tumbado al petimetre, como ya le había advertido en una ocasión de disputa cuando Zaragüells era soldado raso y el Nabo flirteaba con todos a la hora de repartir el botín de las prebendas de la colonia recientemente conquistada a los condenados socialistes; y no digamos si le endiñaba un golpe de karate: seguro que lo dejaba hecho una pena. En fín, que Zaragüells, al cabo de varios intentos sin resultado, hubo de desistir del teléfono y decidió recurrir a una emisaria. Le mandaría a la desgarbada Leticia. En el peor de los casos - pensó - si se la tira el Matanzas, ese trabajo que me ahorra, que ya estoy hasta narices de la tía esta que antes era más frígida que un apolo de vainilla y desde que vió en la tele lo de la Levinski y el Clinton ahora siempre está con el mismo vicio del chupete.

"Búscalo en las cabinas, que allí es donde se esconde para sobar el muy cabrón", - Le ordenó a Leticia mientras rehuía sus manoseos...

Y así, mientras la desgarbada Leti marchaba a registrar las cabinas una por una en busca del Matanzas, el Fallero, al tiempo que comenzaba a tararear los primeros compases de "La entrà de la Murta", se puso a pensar absorto en los tiempos pasados, sentado en su mesa redonda de reuniones que tanto le había costado conseguir y que ahora dignificaba su estatus en el sagrado Presupuesto Público...

Ahora, aunque alguno de sus conocidos de siempre, con bastante mal gusto, se empeñara en recordarle a veces su pasado menesteroso, él no podía por menos que sentirse un triunfador, como si fuera el mismísimo Rey de Portugal: Champagne francés, habanos de mil duros, hoteles de cien mil pelas la noche... Aquel matrimonio de braguetazo, la subsubitendencia... ¡Quien da más!.

Lo único que le fallaba era... la voz, la puta voz. Ahí si que no había manera. De ahí lo de los gorgoritos y las gárgaras con jarabe de acelga, pero nada. Lo de la voz de canario le venía precisamente de su pasado de pobre; de haber vivido su infancia y adolescencia en el palomar de la terraza del chabolo familiar. Con una casa de cincuenta y tres metros cuadrados compuesta por cocina, retrete, salón comedor y una habitación, poco podían hacer los padres por ubicar dignamente al pequeño Zaragüells y a sus cinco hermanos. De modo que hubo que habilitar parte del palomar como habitación del hijo menor, siendo el trino de los jilgueros y el curru-cu de los palomos los únicos sonidos que anidaron en el cerebro del pequeño fallero desde su nacimiento; los únicos signos de comunicación entre las especies animales que el podía identificar hasta que comenzó a ir a la escuela. De ahí a que su pequeña voz se modulara en los registros de un castratti sólo había un paso y, ya de mayor, vanos fueron los intentos del suegro para que cambiara la voz. Ni las consultas al mejor ortofonista del país, ni los estudios de aquel especialista de Houston que cobró en dólares, -que el padre político pagó a tocateja pero a regañadiente-, pudieron obrar el milagro. Y fue aquella curandera gallega medio bruja, provisionalmente afincada en Alfafar, la que, por fín y ya agotados todos los otros métodos científicos y de la fe, le recetó el brebaje de acelgas para gorjear tres veces al día en aquella palangana que tenía en el bool de la mesa del despacho y que de todo el mundo despertaba la curiosidad por conocer su utilidad.

En fín, que el Zaragüells, superados esos amargos recuerdos, reemprendió con bríos los compases de la murta y se puso a tamborilear en la mesa de reuniones y a pensar en voz alta... "Ya casi siete años, - exclamó haciendo un gallo en el "tachin, tachin, tatá..." y poniendo las canillas peludas sobre la mesa de reuniones - Y allí estaba, otra vez volando su imaginación.

Siete años atrás y la imagen nítida del Nabo con la chaqueta marrón raída que le había acompañado en sus andanzas desde los tiempos del seminario de Godella y que tenía por mascota y no abandonaba jamás.

"No es preocupe-u, que hi ha pa tots" - les había dicho en aquella ocasión el Nabo a sus partidarios, allegados y pelotas reunidos en un chalet de Paterna para "hacer partido". "No es preocupe-u" -Había tronado el pequeño intrigante desde una tarima montada al efecto entre los aplausos de militantes y simpatizantes- Ara es la nostra i no hi haurà ningú que ens detindrà... Ningú es quedarà al carrer... Ningú, vullc dir, que es porte be. - añadió con sorna y gesto equívoco, señalándose ostentosamente el paquete y dirigiendo una mirada sugestiva la Matanzas...

Y así fue que todos, el Matanzas y el Zaragüells entre ellos, con fidelidad perruna no exenta de interés en la mosca siguieron al Nabo en su aventura de colonizar la cadena televisiva a sangre y a fuego, dando paso a aquella ordalía de venganzas, resarcimientos y colocaciones a dedo que asombró a propios y extraños.

Menudo chollo, veinte mil kilos anuales de Presupuesto Público para hacer y deshacer. Y que se joda el Tribunal de Cuentas: ¡Viva el lujo y quien lo trujo! -loaban todos al alimón, mientras se malmiraban entre ellos por la disputa de las suculentas sujefaturas, aduciendo unos como mérito sus trienios en el partido y otros su cercanía a tal o cual jefe, alcalde o concejal, sus favores debidos o sus préstamos sexuales.

Bueno, aquello había ocurrido hacía siete años, como digo, pero ahora era el presente. Era la cabina de edición con el gordo durmiente, la desgarbada en su búsqueda gestionando la nota interna del Zaragüells y éste esperando impaciente; la Enriqueta refrigerándose el chichi y el subintendente Nabo ojeando los periódicos ajeno a la tragedia que le acechaba, ajeno a la que se estaba cociendo, lejos de sospechar la traición que le preparaba su predilecto, su alter ego, su valido, su mimado, su enchufado, su promocionado...

¡Tu Zaragüells, Tú hijo mío. El primero entre mis preferidos! ¡Hay que joderse! -alcanzaría a balbucear unos meses después cuando descubrió el espencat.... Pero eso es cosa de otro capítulo.

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