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TRAICION EN LA REPUBLICA
DEL NABO (Novela escabrosa por entregas...>>>
Cap
II) El Matanzas, una vida despernagada
Aunque
una pelotilla de sudor y polvo se le había deslizado por la canaleta
de la espalda y le incordiaba el culo desde hacía rato provocándole
cierta incomodidad, lo cierto es que el Matanzas continuaba roncando
plácidamente sobre el sillón, disfrutando las representaciones oníricas
más soprendentes, -una orgía de faunos en bolas y trempados a tope persiguían
a un grupo de doncellas aterrorizadas en la Roma Imperial-, ajeno por
completo al run-run del móvil...
Sin
embargo, ahora los sueños, en los 3 o 4 segundos que duran según los
expertos, le habían llevado al hospicio del arrabal de Valencia donde
se había criado, hijo de una asistenta y de un Ingeniero de Caminos
y Canales, antiguo terrateniente venido ahora a menos, que lo había
engendrado de estraperlo, a escondidas y despecho de su esposa que descubrió
la trastada cuando el Matanzas tenía cinco años y se presentó en la
residencia familiar aflojando un "papá" que sonó a diablos en la residencia
y le costó un rosario de insultos e improperios al ingeniero a cargo
de la esposa engañada una vez más.
Y
así que el gordo, repudiado por su padre natural y tratado a escobazos
por su madrastra putativa a regañadientes, Doña Renunciación de Nabo,
hubo de regresar al orfelinato a toda prisa antes de que en el establecimiento
de acogida tocaran la retreta nocturna y cerraran la puerta en las narices.
De modo que, abortado este intento fallido de resituarse en la vida
y meterse de rondón en la familia del ingeniero Nabo, el gordo volvió
a los bocadillos de chope y mortadela con aceituna y a las dos galletas
con agua chirli del desayuno; a las oraciones diarias, a las masturbaciones
y al cara al sol y a los pescozones de los padres carmelitanos que regentaban
la inclusa con mano de hierro y olor a incienso y a natillas. Una vida,
en fín, desgraciada y llena de traspiés.
Para
empezar, nunca pudo saber a ciencia cierta quien fue su padre, aunque
los rumores y las malas lenguas le decían que era medio-hermano del
subinspector Nabo y, por tanto, hijo putativo del mismo padre de éste,
el referido Ingeniero de Caminos y Canales Pretilio Nabo, putero entre
los puteros y terrateniente al que por trescientas hanegadas no lo colgaban,
aunque ahora las navelinas habían pegado un bajón de precio de la hostia
y los jornales de los braceros lo comían por los pies, según se quejaba
amargamente.
Parece
que Don Pretilio Nabo nunca pudo resistirse al reclamo de un buen par
de ubres, sobre todo si eran las de las jóvenes aldeanas de sus fincas
y cortijos, lo que explica su paternidad sobre innumerables vástagos
de los pueblos colindantes y el cabreo de su esposa cuando éstos se
presentaban en la casa reivindicando el reconocimiento de la paternidad
o, en el peor de los casos, sus derechos hereditarios.
Y
es que el ingeniero cacique reivindicaba su rancio abolengo y el correlativo
derecho de pernada como si fuera lo más natural, como si el repuntarse
a las lugareñas fuera cosa de andar por casa sin quitarse las pantuflas.
Así
pues, es posible que la buena relación futura entre el Matanzas y el
subintendente Nabo, más que cosa de ideología, fuera cuestión de sangre.
Sólo así se explica que ambos compartieran ciertas manias y fijaciones.
Por ejemplo, su obsesión por las tetas: "Teta que cubre la mano no es
teta sino grano; teta que la mano no cubre no es teta sino ubre...",
se decían canturreando a modo de saludo de ritual masón cuando se encontraban
en el despacho del Nabo para planificar sus fechorías.
Bien,
sea cual fuere su origen genético y su parentela, el Matanzas creció
en el hospicio sin familia conocida, objeto de las burlas de sus compañeros
y de los sinsabores de la vida, a partes iguales. Su aspecto fachoso
y desaliñado le hacía objeto de continuas chanzas y de motes como gordinflas,
fatti y otros similares.
Creció,
como digo, en régimen de riguroso internado y deglutiendo platos de
estofado todos los días del año, dieta que llegó a formar parte de su
ser de tal manera que ya nunca pudo liberarse del olor guisado, un poco
repugnante, y que hacía que la gente le rehuyera en los lugares cerrados
como si fuera el mismo diablo.
Sin
embargo todo había de cambiar aquel día, cuando haciendo sus necesidades
en el desvencijado retrete del internado, descubrió el anuncio sobre
cursos de karate por correspondencia en un viejo recorte de periódico,
el cual se salvó del destino horrible de ser usado en la higiene del
gordo, quien se puso a leerlo y releerlo con verdadera fruición hasta
que alguien comenzó a aporrear la puerta diciéndole que ya estaba bien
de ajetreársela, que hiciera el favor de salir de la letrina.
El
asunto era fácil, según rezaba en el recorte amarillento: Previo pago
de diecisiete mil pesetas, contrareembolso el cursillista recibía, además
de un cinturón de lona y un kimono de musolina, unos apuntes con gráficos
y dibujos de katas y posturas, así como indicaciones sobre ejercicios
físicos y rituales de saludos y reverencias a un Gran Maestro oriental
con aspecto de desnutrido, pero que daba unas hostias de miedo. Lo demás
era cosa del alumno, decía el prospecto; entrenamiento, perseverancia
y más entrenamiento. Y a eso del entrene, desde luego, nadie había de
ganarle al gordo, quien, con su proverbial obcecación y practicando
con la mula del hospicio llegó a adquirir un nivel de destreza notable,
al menos de cinturón negro cuarto Dan, dejando a la mula para el arrastre.
Bien sabe Dios que la mula sólo admitía hacer de sparring por la compensación,
digamos afectiva, que le daba el Matanzas después de cada sesión, compensación
algo más que cariñosa, todo hay que decirlo y que seguramente explica
por qué en cuanto la mula veía al Matanzas corría presta a presentarle
las posaderas como signo de sometimiento, lo cual maravillaba a propios
y extraños y ruborizaba al Matanzas.
Y
así, ya ducho en karate, -y consumado experto en mulas y asuntos equinos-,
el gordo comenzó a superar los perjuicios y complejos, escapándose cada
tarde del orfelinato y comenzando sus tribulaciones en los ambientes
de derechas de la ciudad, luciendo una boina negra estilo Duce que causaba
fuerte sensación.
Allí
era cosa de verle con su boina, su camisa negra, sus polainas, sus pantalones
bombachos y las botas de patear, cuando llegaba a los baretos de la
zona nacional precedido de la olisca a estofado que tanto horrorizaba
a las nenas pijas que se untaban con chanel nº 5.
Entonces,
lleno de calimocho hasta las orejas, aunque sin pagarse nunca una ronda,
el Matanzas acababa proclamando en la barra a voz en grito que había
que extirpar el rojerío como un grano molesto para salvar España del
comunismo y las malas ideas, y la mejor solución era romperle los dientes
a cualquiera que tuviera pinta de estudiante, a lo que ciertamente solía
dedicarse para entretenerse cuando lo echaban del bar llamándole cabeza
de chorlito, poniendose a merodear por la zona de Benimaclet y Jaime
Roig.
Y
fue en esas circunstancias, ya conocido como el personaje pintoresco
de la boina y ganada la fama de matarife en sus andanzas como somatén
apalizador de mahoistas, mendigos y estudiantes pringaos, cuando conoció
a Adolfo Zaragüells, a la sazón mediocre estudiante de Derecho pero
ya indiscutible jefe del Comando de Acción Patriótica Directa que había
organizado recientemente Vitorino Nabo, presidente in péctore del Movimiento
Nacional Reconstituído y que se llevaba varias intrigas entre manos,
entre las que no era la menor la de hacerse con la presidencia de la
comunidad autónoma.
Ya
en aquel momento comenzó a surgir la relación amor/odio entre el Matanzas
y el Zaragüells; amor porque ambos se necesitaban y complementaban en
la misión de atizar, en cuanto que uno era el teórico que razonaba por
que había que machacar a los rojos echando mano de Karl Popper como
fundamento filosófico y el otro era el práctico, el de los muñones de
hierro y las botas de puntera para patear; y odio, porque ambos con
el tiempo acabarían disputándose a brazo partido el favor del Nabo para
el nombramiento en los cargos de relieve en la administración pública,
los cuales se adivinaban suculentos en cuanto el partido se hiciera
con el poder.
El
Zaragüells y el Matanzas se conocieron en la barra de aquel bareto de
pijotes de la zona de Juan Llorens. Aquel día, como siempre, el Zaragüells
había hecho su entrada triunfal haciéndose hueco hasta la barra mientras
entonba su personal versión del himno regional, lo que molestó bastante
al Matanzas, diciéndole que si no sabía cantar mejor que se callara,
y dió origen a una discusión sobre quien cantaba mejor y quien era más
patriota en la que el Zaragüells a punto estuvo de llevarse una buena
hostia del gordo centurión. Sin embargo, ambos acabaron borrachos y
amigos, hasta las cejas de güisqui del malo, que obviamente pagó el
Zaragüells, imputando el importe a cargo de los gastos extras del partido,
y salieron dando tumbos del local, entonando cantos patrióticos con
grandes gallos y desafinos: ¡Había nacido una gran amistad!.
Desde
entonces el Zaragüells y el Matanzas se veían en la barra, donde aquél
le pasaba en sobre lacrado, -que decía provenir directamente del Nabo-,
las instrucciones sobre a quien y cuando había que meter en vereda.
Órdenes que el gordo ejecutaba con presteza y notable eficacia
y sin hacerse muchas preguntas.
Y fue así como el Matanzas consiguió ganarse el favor del Nabo, pasando
a ser su delegado ejecutivo para los trabajos sucios, como el librarle
de algunos militantes del sector crítico del partido, de cuyo paradero
nunca más se supo en niguna parte, salvo en el vertedero municipal.
En
palabras del comandante Nabo, sólo la disciplina y el prietas las filas
hasta el final había de permitir el triunfo en la batalla a vida o muerte
que se estaba librando para la reconquista de la comunidad a los jodidos
socialistas y en la que no había lugar para los pusilánimes de medio
pelo...: ¡Mata o muere, Maricón!, - era la consigna del Nabo, quien,
a fuer de buen decir, no tenía medio guantazo, aunque por sus artes
en cizañar podría haberle levantado la novia al mismísimo Rasputín.
En
realidad la fructífera relación entre el gordo y el pequeño intrigante
había nacido unos meses antes, de la mano del Zaragüells, cuando éste
le comunicó al Nabo que había conocido a un personaje de mucha enjundia,
aunque poco seso.
Al
oir las fechorías del centurión karateca, el comandante Nabo rápidamente
le había ordenado que lo trajera a su presencia, presentándose el Matanzas
con sus mejores galas, con la boina y las botas de patear brillantes
y en perfecto estado de revista.
Y
fué en esa larguísima charla celebrada en el siniestro cubil del Nabo,
sito en un entresuelo del barrio del Carmen del que a menudo salían
alaridos, cuando los dos personajes entraron en conocimiento de sus
respectivas virtudes y afinidades; cuando ambos llegaron a la conclusión
de que posiblemente eran hermanastros, hijos del mismo ingeniero cacique,
Don Pretilio Nabo, abrazándose llorando a moco tendido por la emoción
del parentesco recuperado y jurándose fidelidad eterna, proponiendo
el gordo incluso hacerse un corte en la muñeca para hacer el juramento
de la sangre, lo que fué rechazado por el Nabo, pensando para sí que
su nuevo medio hermano sin duda también era medio idiota, aunque
formalmente adujo motivos un tanto enrevesados que no acabaron de convecer
al Matanzas, borracho como estaba de patriotismo y parentela.
Un
emotivo canto del Cara al Sol acompasado por el aporreo de una mesa,
y al que entusiásticamente se sumó el Zaragüells
aportando algún que otro gallo, hizo levitar al gordo de puro
hervor patriótico, saliendo del cubil dispuesto a dar esa noche
una batida doble por Benimaclet para patear unos cuantos estudiantes,
en tanto que el Nabo quedaba pensativo, preocupado del peligro de dejar
suelto a aquel botarate. Aunque bien mirado -pensó- siempre podría
camuflar sus desmanes culpando a los endemoniados socialistas que permitían
que la calle estuviera tomada por drogadictos e indeseables...
Sea
como fuere, lo cierto es que había nacido una alianza que había
de figurar con todo merecimiento en letras de oro en la Historia Universal
del Mangue y el Estraperlo.
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