EN VISPERAS DEL FIN DEL MUNDO
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TRAICION EN LA REPUBLICA DEL NABO (Novela escabrosa por entregas...>>>

Cap III) Nabo, el hombre que vino del frío... a calentarse los riñones.

Y del frío ciertamente había venido Victorino Nabo a la capital a hacer fortuna, abandonando su Morella natal a empujones de la vida. Y menuda rasca hacía en Morella en aquellos fríos inviernos de pescozones, padres curas y hermanos priores, novenas y misas diarias celebradas por el capellán achacoso para meter algo de fe en aquellas cabezas de chorlito que concurrían al internado.

Don Pretilio Nabo, su padre, Ingeniero de Caminos y Canales, putero entre los puteros y terrateniente con casa solariega puesta en Morella, en los lindes con las Cuevas de Vinromà, nunca había descuidado la educación de su pequeño vástago, habiéndolo guiado con mano firme por los rigores de la buena moral, lo que es tanto como decir que lo había dejado a merced de los capones de los frailes en el internado, en la idea de que incluso con el tiempo hasta podría llegar a tener un obispo en la familia.

Pero el propio tiempo demostraría cuan lejos estaba Pretilio Nabo de intuir la verdadera inclinación natural de su vástago Nabo, que no era otra que el fornicio y el puterío, a menudo de forma "antinatural" como diría su madre, Doña Renunciación, cierto día que lo pilló en tocamientos con la gallina en las caballerizas. El dinero obtenido por medios inconfesables y las orquídeas venenosas, junto con la intriga política de poca monta, eran sus otros placeres principales.

Don Pretilio Nabo era hombre de principios sólidos y recia tradición. Y el hecho de que él fuera un putero irredento no obstaba para que embutiera a su prole una buena ración de moral construida a base de sentencias y brocardos que no admitían discusión: "On vegues un duro fes-te en ell. Els diners i els collons són pa les ocassions. A la mujer y al papel hasta el culo le has de ver..." y otros dichos parecidos eran las frases con las que inflamaba de moralina a sus ocho hijos (cinco varones y tres hembras) y les aleccionaba sobre la realidad más prosaica de la vida; lo demás eran cuentos para niños. -Decía.

Sin embargo, el pequeño Nabo, ya desde infante hubo de conocer los rigores y penalidades de la vida. Fue cuando la familia vino a menos con ocasión de la quiebra fraudulenta que llevó sus finanzas a tomar por saco. Entonces no tuvo más remedio que salir a la carrera del internado, perseguido por los padres y curas que querían echarle el guante a él y a Don Pretilio para resarcirse de los dos cursos dejados a deber, concluyendo así de forma abrupta los devaneos del Nabo con la fe. Circunstancia de la que le vino la fobia irracional a las sotanas que ya le acompañaría el resto de su vida.

Luego vino la adolescencia, con el internado en Castellón y las judiadas que les hacía a sus amigos, y la Universidad. Allí llegó a consolidarse como el decano de los repetidores, sacando las asignaturas a trompicones, ayudado por los coscorrones del tutor y las influencias y dineros de don Pretilio (los que había conseguido escamotear a los furiosos acreedores en la quiebra fraudulenta).

Las influencias de Don Pretilio y la adhesión inquebrantable de la familia a los principios el Movimiento, hicieron posible el irresistible ascenso del pequeño Nabo, quien a la tierna edad de cuarenta y tres años consiguió embutirse en la Administración como amanuense del Director de un Oficina Pública, el cual misteriosamente despareció al cabo de unos meses sin saberse nunca más de él.

Y esa "suerte" del Director, con no ser normal, ni desde luego envidiable, fue idéntica a la que corrieron, sucesivamente, el jefe de Unidad y el de Negociado, facilitando inopinadamente el ascenso del Nabo al cargo de Director de Oficina por inaplazable necesidad de personal. Como quiera que el flamante Director a la sazón se había quedado prácticamente solo en la oficina, la Benemérita inició una urgente investigación, alarmado el Comandante del puesto por la misteriosa enfermedad que, al parecer, se había cebado sobre la Oficina de forma tan eficaz, según las denuncias de las viudas.

Sin embargo, por circunstancias o razones nunca bien explicadas, el Comandandte fue destinado urgentemente al Sahara como agente responsable de la lucha contra el contrabando de camellos, con lo que concluyó la investigación sobre la Oficina de forma abrupta y sin resultados apreciables. (Por cierto, que el Comandante también concluyó de forma abrupta, al ser pateado por una manada de camellos en situación de gran excitación tras haber ingerido unos polvos enviados desde la península por el Director Nabo y suministrados a las bestias por un berebere loco a cuyo cuidado estaban.)

Contra lo que pudiera esperarse, la conquista de la Oficina Pública, lejos de aplacar las ambiciones del Nabo, apenas hizo que exacerbar aun más su deseo de saquear el erario público y diseñar intrigas políticas de altos vuelos y escaso fuste, por lo que comenzó a fijarse metas mayores que transitar, pensando en introducir algunos cambios en su vida que le permitieran aligerar el paso.

Como primera providencia, decidió contratar un abogado para deshacerse de la arpía de su mujer. Y, dicho y hecho, llamó al Colegio de Abogados, donde, preocupados en promocionar a los colegiales noveles y en la idea que se le había metido en la cabeza al Delegado de acabar con los justiciables que acudían al mismo a pedir consejo y abogado de oficio, le facilitaron el teléfono del último colegiado que había jurado en el Puig: el joven letrado Justiniano Rosales.

Sin embargo, fue su compañero de despacho, el Graduado Social, Adolfo Zaragüells, quien recibió alborozado en el bufete la primera llamada del Nabo, obviamente sin molestarse en aclarar el malentendido de que él no era Rosales, y menos aun Abogado, acogiendo al providencial justiciable que Dios había puesto en sus garras como al primer idiota que inauguraba el exiguo fichero de clientes, y al que desde luego estaba dispuesto a saquear por las buenas o por las malas para pagarse los archivadores y la fotocopiadora comprados a plazos junto con su compañero de despacho y de hambres, el también primerizo Rosales.

-¿Puedo llamarle Don Nabo?, -Inquirió para entrar en materia, después de identificarse como Justiniano Rosales, tratando de modular la voz en tono campanudo.

Victorino Nabo, al tiempo que caía por primera vez en la enorme potencialidad de su apellido al oírlo pronunciado de esa manera por el joven jurista, pensó que se hallaba ante una ejemplar único de retrasado mental habilitado como abogado sin duda por error, lo cual daba idea de lo mal que estaba España, soltándole al Zaragüells que mejor que llamara de esa manera a su padre, que a él debería llamarle Don Victorino o Sr. Nabo, como mejor le acomodara.

Seguidamente entraron en materia, quedando claro que desde luego el Zaragüells no tenía mucha idea, -o mejor dicho, ninguna-, de como se tramitaba una separación judicial. Pero, al fin y al cabo, eso era algo sin importancia para él y, por lo que respecta al Nabo, bastaron unos cuantos latinajos y unas citas grandilocuentes sobre el derecho justinianeo, las Decretales de Graciano o el Censo a Primeras Cepas para convencerle de que sin duda se hallaba ante un gran jurisconsulto en ciernes:

-El caso es que ella podría plantear un Interdicto de retener el matrimonio, pero nosotros podemos oponer el Censo a Primeras Cepas y hacernos fuertes en la defensa del vínculo conyugal en régimen de usufructo..., ,-Adujo Zaragüells refriendo para la ocasión dos de las frases que había oído repicar hasta la saciedad a su compañero Rosales cada tarde cuando preparaba oposiciones a Notario canturreando las instituciones jurídicas más peregrinas por si salían en la bola de la opo.

En fin, lo importante -concluyó el Nabo- era poner el pleito en marcha para deshacerse de su mujer cuanto antes. Sobre la provisión de fondos que le pedía el Zaragüells de forma un tanto insistente, ya hablarían más adelante.

A partir de ahí nació una relación mutuamente provechosa para los dos, quienes, más allá del trato profesional, descubrieron sus afinidades ideológicas, sorprendiéndose ambos de como habían podido convivir hasta entonces en la misma ciudad sin conocerse: El Zaragüells era Jefe Teórico del Comando Estudiantil de Reafirmación Nacional, sección juvenil del Movimiento Patriótico Nacional Español, en tanto que el Nabo ya era el Jefe del Comando Funcionarial, que era otra sección del mismo Movimiento.

(Que el Nabo tardara nueve años en obtener el divorcio, es algo anecdótico y explicable al ser tal el periodo que le llevó al Zaragüells concluir la carrera de Derecho, a pesar de las convalidación de las marías de la diplomatura social, aunque el Zaragüells siempre achacó la tardanza a la consabida lentitud de la Administración de Justicia.)

Y en esas estaba ahora el Subintendente Nabo, recordando tiempos pasados y acopiando una buena provisión de autoestima para comenzar la mañana.

Ya después de haber regado las orquídeas venenosas que tenía en el pequeño invernadero anejo al despacho, se había quedado traspuesto ojeando como cada mañana los siete periódicos que recibía de gratis total como retribución en especie correspondiente a su cargo, -obviamente fuera del convenio salarial y sin cotización de IRPF, ¡Viva el Presupuesto Público!- para ver si hablaban de él, y fue en ese momento cuando la desgarbada Leticia, a la que le había sido asignada nueva misión por el Zaragüells después de fracasar en su intento de localizar al gordo, se acercó a la mesa, tras llamar y entrar de dos zancadas, y le soltó un dossier muy bien encuadernado diciendo que era de parte del Fallero, o sea del Sr. Zaragüells.

El chasquido del dossier sobre la mesa tuvo la virtud de despertar al Nabo del suave duermevela en el que se hallaba instalado y le hizo pensar en... las cachas de Leticia. -Che, es lletja la condenà però te bones anques!. -Se dijo para sí mientras la administrativa volvía grupas hacia la puerta.

El Nabo apartó a un lado el dossier para ojearlo más tarde, pensando que al fin y al cabo sólo era uno más entre los seis o siete que diariamente le presentaba su staff de nueve asesores, notables expertos en áreas diversas, y continuó, ahora bien despierto, concentrándose en los periódicos.

De nuevo "El Poniente" volvía a la carga. Los muy cabrones, continuaban dándole estopa denunciando una vez más sus supuestas tropelías. En primera página, bajo un titular que decía "El Nabo; nuevos abusos del pequeño Sátrapa", aparecía una foto del parking de la cadena y, en un fotomontaje, figuraban en recuadro los nombres de los enchufados y alegados del Nabo que aparcaban en las plazas reservadas sin tener ningún derecho a ello, según decía el rotativo, el cual se ampliaba la información desmenuzando una circular del Intendente General que decía quienes podían aparcar y quienes no en la zona señalada con rayas verdes.

-La mare que els ha parit! Es que no paren, Redéu! I qué voldrà dir això de Sàtrapa?. Eixa paraula no existia quan jo estudiava... Visto donde estaba llegando la cosa, comenzó a pensar que había que cambiar la táctica para controlar al Poniente y al cabrón de su Director, pues de lo contrario, por muy cogido de los cataplines que tuviere al Jefe Supremo, -y bien sabe Dios que le tenía los testículos bien apretujados al pobre hombre-, su empleo comenzaba a peligrar, máxime cuando había oído rumores de que algún fiscal soplagaitas andaba tras su rastro. Y es que incluso ya algunos periodistas de su claque -¡Esos sí son amigos!- le habían dicho que la situación era insostenible, que estaban recibiendo llamadas de sus jefes desde Madrid preguntándoles qué cojones estaba pasando con el tal Nabo y que cómo es que sólo sacaba sus desmanes el Poniente y ellos no enviaban una maldita crónica.

Posiblemente haya que aumentar el número de tertulianos en algún programa y que el sol salga para todos. -Caviló para sí, tomando la clara determinación de realizar varias propuestas de contratación al día siguiente aun a costa de hundir un poco más el maltrecho presupuesto de la cadena, "presupuesto paquidermo", que así lo llamaban los condenados diputados de la oposición.

En fin, que para cambiar de humor, tiró el periodicucho a la papelera al tiempo que volvía a maldecir al director, soltando una blasfemia irreproducible mientras se calaba las gafas, comenzando a leer pausadamente el informe por encima de la montura de concha.

Sin embargo, aquel no era el mismo tipo de informe que le fabricaban cada día sus acólitos para entretenerse entre la hora del almuerzo y la de la salida, y que normalmente no solía leer; este que ahora tenía entre manos era más voluminoso y en color, repleto de fotografías, como a él le gustaba. El dossier venía acompañado de una carta, que fue lo primero que se puso a leer y cuyo contenido dejó al Subintendente bastante perplejo:

A D. V.N. (Mr. "N")

Muy Sr. nuestro:

En su calidad de Subintendente de esa empresa a la que tenemos el gusto de dirigirnos, nos cumple remitirle en anexo información comercial de nuestra más ventajosa oferta en relación al Servicio de Visitación que nos ha sido solicitado por su delegado, el Sr. Matanzas, acompañándole presupuesto pro forma de nuestros servicios. Obvio es decirle el placer que nos produciría proporcionarle un anticipo, a modo de cata personal del servicio, para que según su acreditada fama de buen gourmet pudiera degustar nuestra oferta y formarse una opinión lo más documentada posible sobre nuestro producto. Naturalmente, dicha cata sería gratuita y a beneficio de nuestra futura relación comercial. Se trata de señoritas de acreditada cualificación profesional, totalmente legalizadas y con los correspondientes certificados médicos que acreditan su perfecto estado de sanidad. Le aclaramos que los precios están sujetos a oscilación en función del volumen contratado. Sin otro particular y a la espera de su respuesta, que no dudamos será positiva, aprovechamos para saludarle muy atentamente brindado por nuestra futura relación. Suyo affmo, Manoleón Osuna Cortés Consejero Delegado de CHUPOSA Y VISITACIONES

El Nabo comenzó a ojear las espectaculares fotografías que integraban el dossier, al tiempo que aullaba un sonoro "Mare de Deu!" y se llevaba la mano izquierda a la zona baja del vientre preso de una gran excitación, siendo de nuevo interrumpido por el golpeteo de Leticia en la puerta.

-Ja està altra vegà la xiqueta de l'hostia, Redéu sempre marejant!, -Se dijo, dispuesto a montarle una buena bronca.

Sin embargo, de súbito y casi sin darle tiempo a abotonarse la bragueta, un tipo pintoresco con gafas y barretina, irrumpió de forma intempestiva en el despacho, perseguido por la administrativa Leticia, quien inútilmente protestaba tratando de cerrarle el paso, temerosa de la reacción del Nabo que seguramente la despediría por permitir esta intromisión...

-Señor, yo no quería... -Soltó la secretaria- pero este hombre se ha colado y....

-Bé, bé, dòna igual, Reina. Ja parlarem encaban.. -Dijo el Nabo, apretando los dientes. -No el preocupes que ja parlarem, ja... -Dijo el Nabo con las pupilas dilatadas de ira que al instante se transformó en asombro...

Y es que en ese momento el tipo de la barretina ya había conseguido precipitarse hasta el centro del despacho seguido por dos rubias impresionantes a las que, ataviadas con un espectacular body y un babero, llevaba arriatadas por el cuello como si fueran dos perritos falderos. Las dos rubias llegaban al metro setenta y cinco, sobrepasando en más de una cabeza al Nabo, quien se dejó caer casi desmayado en el sillón mientras Manoleón Osuna, que tal era el nombre del Gerente, Propietario, Encargado y único empleado del negocio CHUPOSA Y VISITACIONES, además de las dos rubias eventuales, jalaba la tira de cuero que sujetaba a las jabatas y con un diestro giro de muñeca las hacía postrarse de hinojos a los pies del Nabo...

Arriatadas por el collarín, despues de recibir el tirón del tipo de la barretina, las chicas no pudieron por menos que acceder a la amable indicación de su jefe y se pusieron a toquetear de forma escabrosa la zona baja del Subintendente, el cual quedó atónito y desmadejado a las primeras palpaciones...

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