EN VISPERAS DEL FIN DEL MUNDO
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ENSA (YO) SOBRE LOS ECLIPSES.

(Y OTROS PROBLEMAS DEL UNIVERSO)

(Parte I del Ensayo sobre las zonas oscuras del hombre y eventualmente de la mujer)

 

El hombre, y ocasionalmente la mujer, - aunque su acendrada inteligencia práctica le impide prestar atención a estas majaderías -, está solo en el Cosmos, como comprueba cada mañana cabizbajo sentado en la taza del wáter.

Es en tal situación cuando el hombre cae en la cuenta de su pequeñez en términos ontológicos. Si, además, le da por recrearse luego, después de la ducha, ante el espejo, que le devuelve con hostilidad manifiesta su mísera imagen plagada de arrugas, entonces la sensación de vacío y levedad del ser se hace insoportable, llegando casi hasta el no ser, habiendo originado que algún autor haya reflexionado sobre el asunto con la seriedad propia del caso.

No afirmo que el tal Milan Kundera, el chico checo, sufriera problemas de estreñimiento y, lamentándose de ello ante el espejo, le viniera la frase que incrustó por título a su novela con calzador, -al menos nunca lo ha confesado en público-. Me limito a sostener apostando mi disminuido prestigio en éllo que, si bien el escritor disidente afirmaba ser víctima del agobio comunista, es bastante improbable que el KGB le espiara en la taza del wáter por la dificultad logística de ubicar un espía en tal observatorio.

Aunque nada tenga que ver ello con los eclipses, es de justicia señalar que toda una generación de europeos snobs y hedonistas ha sido víctima del espejo y de la taza del wáter, habiendo buscado afanosamente todos ellos el ligue en las cafeterías de moda con la célebre novela del checo bajo del brazo. (Con éxito más bien escaso, como es sabido).

 

Hubo una época en la que cualquier cafetería "in" o "VIP" que se preciara estaba atestada a las horas punta de tipos con el best seller bajo el sobaco, e incluso alguna presentadora de moda de televisión, sacada directamente del medio rural por la influencia de un alto cargo televisivo que albergaba alguna intención divertida respecto a ella, llegó a sostener en una memorarble entrevista que la lectura de esta obra maestra había cambiado radicalmente su vida. (Confesión de la que su esposo dedujo que era una redomada intelectual, por lo que le tomó cierta aprensión y comenzó a escaparse del hogar con cierta recurrencia, buscando el calor maternal de otra presentadora curiosamente veinte años más jóven y que no había leído al checo.)

Así las cosas, los fans televisivos de la diva comenzaron a hablar del tal Kundera en términos coloquiales como si se refirieran al tendero de la esquina, el que, por cierto, no sabía nada de la historia ni estaba dispuesto a permitir que su buen nombre se manoseara en público. (Aclaro que en realidad la novela apenas fue leída por el autor, su agente literario y el editor temerario que se atrevió a invertir su dinero en el tocho, circunstancia que explica su éxito de manera convincente, aunque llego a admitir, no obstante, que tal vez la presentadora pudo ojearla en el stand de promoción de algunos grandes almacenes, pero incluso esta hipótesis es poco probable, ya que la diva solía salir de compras sin sus lentes de contacto siguiendo los consejos del oculista que le exigía un razonable descanso de la vista.)

Sea como fuere, resulta incuestionable que la utilidad práctica de la novela en la promoción de las relaciones humanas no desinteresadas superó con creces la de cualquier libro de cocina, y ello es un dato objetivo.

En todo caso, saliéndonos de los eclipses y yendo a las cosas prácticas que tal vez es lo que te interesa, ahí tienes, amable lector, como se fabrica un best seller: Una solemne declaración de odio al comunismo o a los pederastas especializados en perseguir ancianas, un texto inextricable imposible de tragar sin una buena ración de bicarbonato, una entrevista amenazando con tu suicidio, - o eventualmente con el de tu casera que se presta a ello desesperada de no poderte cobrar el alquiler -, y la afirmación de que el KGB se metió con nocturnidad en tu vida y en tu cuarto de baño. El éxito está más que asegurado y sólo tendrás que dedicarte a observar como puja tu cuenta corriente de forma incontrolada hasta provocar la intemperancia de los banqueros hartos de guardarte tanto dinero.

 

Bien, admitiendo que me he ofuscado un poco en una estúpida digresión sobre la cosa literaria que tal vez a ti te importa un comino, bueno será regresar al tipo que acababa de incorporarse de la taza del wáter ante el espejo y se estaba mirando las ojeras con aprensión. Prosigamos pues afirmando que si nuestro héroe ante el espejo, además, es calvo, entonces ya puede morirse o romperlo con el zapato, arriesgándose a las iras de su comadre y a la no menos temible factura del cristalero, al que no le resultará fácil pedirle benevolencia a cuenta del maldito eclipse, que es el motivo de este ensayo para idiotas ociosos.

 

Una aproximación al asunto nos lleva a la antigüedad más antigua, para qué engañarnos, y en ella el hombre siempre miró temeroso al firmamento como a la cuenta del teléfono, siendo consciente de que bien poco podía hacer él ante el movimiento majestuoso de los astros recreándose en ese eterno ballet sideral que tan chochos nos pone algunas noches cuando graznamos nuestras tonterías al ser amado con aviesas intenciones. (En realidad el ser amado — o la ser amada, o incluso ambos - albergan las mismas intenciones que tú, y aun posiblemente te superan en dosis de lujuria, pero entre vosotros se interpone el desencuentro de la educación mojigata y, eventualmente, la inoportuna carencia de un anticonceptivo eficaz y de un lugar donde dar rienda suelta a los instintos amatorios que, más enloquecidos que nunca, en esta noche mágica te hacen rememorar con añoranza la adolescencia perdida).

 

Desde siempre, pues, el descendiente de Crog-Manon, además de mirar temeroso al firmamento y de esconderse cada noche en el parque con su amada aullando de deseo, siempre ha estado ayuno de demostraciones empíricas sobre la mayoría de los fenómenos astrales, excepto el siberiano al que le cayó un trozo de meteorito en la cabeza del tamaño de un huevo de avestruz, que tampoco pudo decir gran cosa tras el suceso, sufriendo fuertes jaquecas el resto de sus días y rascándose la testa sin cesar como si estuviera pensando.

Y es por ello que, en general, jamás nadie se ha creído las explicaciones científicas, a menudo contradictorias, sobre lo que se cuece ahí arriba.

Es que el asunto es muy delicado, -ha pensado en alguna ocasión el anónimo ciudadano (el del parque y la novia), temeroso de aventurarse en lo desconocido y de las consecuencias que podía acarrearle el actuar como un vulgar métome-en-todo. Lo mejor, pues, dejar el asunto correr y que los científicos se ocuparan de éllo para acabar de liar la cosa.

No obstante este desinterés, aun con sus pocas luces y sin tener ganas de problemas, desde antiguo el hombre pensó que la bóveda celestial tanto podía ser un grupo de estrellas distantes millones de años-luz como un decorado de cualquier programa del sábado noche (tal vez de Bertín Osborne).

De hecho los egipcios se hicieron un lío intentando ubicar las constelaciones en el firmamento, sin llegar a ninguna conclusión entendible. Véanse los jeroglíficos plagados de signos astrológicos en los que es imposible distinguir a la esposa del faraón tocada con una pamela de la época de la cabra anónima que aparece colada de rondón en el pictograma. (Probablemente se trate de la cabra de Asunción o o de la Cabra Mecánica).

 

En la nómina de los científicos, igual le ocurrió a Nicolás Copérnico (Nico para los amigotes de francachelas y conocidos del barrio; Nicolasín para su tía), sabio de gran precocidad que a los siete años chapurreaba arameo, además de los cinco idiomas oficiales de la Unión Europea, y cantaba en euskera canciones patriotas armenias.

Copérnico formuló decenas de leyes ingeniosas sobre el movimiento celestial, los planetas y todo eso y aún así fue incapaz de darle al sastre una razón convincente del por qué no le liquidaba la cuenta del jubón y las calzas último modelo que le había confeccionado en paño de calidad.

Así pues, ocupado en huir del sastre, apenas tuvo tiempo de balbucear una teoría elemental de los eclipses: Eclipse es... cuando, a pleno día, todo se pone negro, -afirmó, quedándose tan pancho y continuando corriendo con el sastre pisándole los talones. Al oír dicha tesis, la comunidad científica internacional se mostró un poco desilusionada con la cavilación del genio, si bien lo achacó a una alarmante baja forma del astrónomo debido a sus problemas de gota.

 

Lo mismo le ocurrió al célebre Newton, el de la manzana; matemáticas y más matemáticas para morir royendo un triste mendrugo a la puerta de una catedral abstraído en el firmamento, y del eclipse ni una coma. ¡Valiente manera de perder el tiempo! —le recriminaron sus hijos vociferantes al descubrir el magro importe de la herencia.

Y es que el tema se las trae. Cuéntele Vd a alguien que las estrellas que ve en este momento tal vez ya no existían cuando el nació y lo mejor que conseguirá es que le mande a algún sitio feo mientras piensa que es Vd un buen ejemplar de retrasado mental. Si a reglón seguido le ataca con la teoría de los agujeros negros, las supercuerdas, la entropía y los viajes intemporales, sin duda confirmará que sus sospechas eran ciertas, rehuyéndole como si fuera un loco furioso.

Ocurre que el hombre se atonta ante lo que no comprende. El amor y su química, por ejemplo, - y no digamos si se trata de la jovencita cachas de curvas enloquecedoras intelectualmente brillantes -, las deudas y su lógica y los sentidos de circulación en las ciudades, son hechos que nos dejan dubitativos y un poco desorientados ante lo extraordinario de su substancia.

El comprender que la tierra no es el centro del universo, que tampoco tiene dos tapas como una cocedora de vapor y que el hombre es una pura excrecencia — tal vez ni siquiera recliclable - del carbono, es un largo proceso histórico que ha llevado a la humanidad unos cuantos años. (Mejor no ponerse a contarlos sin haber almorzado).

Los eclipses, - por ejemplo y ya que hablamos de éllos -, desde siempre han alterado al hombre poniéndole de los nervios, mayormente porque siempre fueron un fenómeno mágico relacionado con el fín del mundo y todas esas zarandajas, que provocaba accesos diarréicos en el personal.

Y no era para menos. Que a pleno día se hiciera de noche, sin haberle dado tiempo a uno a cenar, era, cuando menos, curioso y, desde luego molesto, como diría mi vecino, que es hombre dado a las conclusiones bien fundamentadas.

 

El primer eclipse conocido, realmente provocó la desazón general: ¿Tenía algo que ver la hidroeléctrica en el asunto?, -fue la pregunta que todos se hicieron.

Lo cierto es que Adán, al ver oscurecerse así, a pleno día y de repente después de almorzar, no se lo pensó dos veces y salió tirando a todo meter abandonando el arado preso de una gran excitación y pensando en lo que que podía hacerle a Eva en esa extraña noche regalada por la diosa naturaleza.

Sin embargo, aun no había andado unos pasos cuando la voz del Sumo Hacedor retumbó en el valle y le hizo pararse en seco atemorizado:

"Adán, ¿adónde vas?. ¿Por qué has abandonado el arado en el surco?. ¿Es esa la manera de cuidar las herramientas?".

- Adán tragó saliva. "Otra vez me ha pillado abandonando el tajo antes de la hora" —pensó para sí.

"Señor, al hacerse de noche he pensado que ya había terminado la jornada".

"Pequeño, esto no es la noche. Esto es un eclipse, fenómeno en el que la luna se interpone entre el sol y la tierra y..."

"La luna, Señor, y qué es eso".

"La luna, pequeño zote, es el cuerpo celestial que ves por la noche como si fuera una bombilla eléctrica..." —explicó Dios, cayendo en la cuenta de que aún no había nacido Edison y sus bombillas y de que Adan ni siquiera había oído hablar del candil.

El caso es que, pasados unos minutos, Adán hubo de volver al surco ante la circunspecta mirada del Señor que no perdonaba una, dejando para la noche verdadera los anhelados arrumacos a Eva.

 

Ya en la tenebrosa Edad Media, lúgubre y oscura porque no existía la lámpara incandescente y las casas tenían ventanucos miserables para que no se colara la rasca en invierno, cuando se anunciaba un eclipse, centenares de idiotas se tiraban a los algibes con una piedra en los pies implorando un fín rápido y trágico para salvar su miserable existencia y morir con el mundo, el cual indefectiblemente veían caput.

El problema venía cuando, ya en el algibe, descubrían que el mundo seguía dando vueltas con toda normalidad, como en la canción aquella de Gigiola Cinqueti; entonces salir del algibe tenía una cierta dificultad, principalmente el desatarse del nudo marinero que les sujetaba a la piedra con tanta saña.

De modo que el supersticioso labriego moría ahogado contemplando como su mujer, un tanto descreída, se liaba con el herrero, refocilándose en el herrero y en la herencia del submarinista, como amazona superviviente de una nueva civilización que le hacía señas obscenas a través del brocal.

Es más, para el pobre idiota, la imagen de la santa mujer, esposa y madre de sus once hijos, cabalgando enloquecida en la grupa invertida del herrero, constituía una prueba evidente, tal vez un anticipo, de que ya se hallaba en el propio infierno y de que el herrero posiblemente fuera el mismo Diablo.

 

Con el paso de los años los clipses han tenido distinta magnitud y entidad, sacando jugosa utilidad de los mismos algunos desaprensivos.

Cristóbal Colón, por ejemplo, aprovechando el pánico generado por un eclipse lunar que desorientó a los nativos y al gurú que ejercía de conductor espiritual de la tribu a media jornada, trepó con sus fieles hijosdalgos de Cáceres y Trujillo por la empalizada de bambú que protegía el poblado y se puso ciego a liquidar indígeneas jamaicanos en 1503.

Como si fuera un carnicero medieval, pasó a cuchillo a los hombres y violó a las mujeres, no por que le apeteciera, sino, fundamentalmente, por seguir la costumbre usual en la época, ya que en caso contrario hubiera sido mal comprendido por sus capitanes evangelizadores, que sin duda no hubieran comprendido tanta debilidad de carácter. De los niños se apiadó como buen cristiano, permitiéndoles seguir jugando a los médicos con la inocencia propia de la edad.

El hecho consta en los archivos con todo detalle, narrado por el pelota hagiográfico del embaucador italiano; el escribiente ldefonso Ruiblás.

ldefonso, capitán colombino dado a las mujeres y al vino con igual dedicación, en sus ratos libres, narra en las crónicas de indias menores estos sucesos de forma un tanto afectada, lamentando que los malditos indios se negaran a abrazar el cristianismo antes de ser troceados y prefirieran morir en el pecado.

 

Más allá de las épocas, es también cierto que cada cultura se lo ha montado como ha podido en el asunto de los eclipses.

Así, en México, los mayas los aprovechaban para purificarse y acaparar energía gratis, mientras que el Brujo Mayor, Antonio Chochito, repartía admoniciones y advertencias sobre la que se estaba cociendo: nada más y nada menos que el fin del mundo actual y el renacimiento en la nueva era acuario. — decía, ahito de peyote y tirando humo por las orejas, lo cual era un espectáculo que fascinaba a sus discípulos y que le hacían repetir a menudo, poniéndose francamente pesados.

(A modo de nota biográfica para interés de eruditos, aclaro que Antonio Chochito había conseguido la titulación de brujo por correspondencia, constituyendo lo que comúnmente se tiene por un autodidacta hecho a sí mismo. A nadie le debo nada, - había proclamado ufano en cierta ocasión. Sin embargo, para ser fieles a la historia, diré que es más cierto que Chochito sólo progresó en la escala social maya cuando dió el braguetazo consiguiendo colarse a media noche en el bohío de la hija del jefazo, doncella de dieciocho años que no había conocido varón y a la que preñó a conciencia, llevando al jefazo al paroxismo por la deshonra de su única hija, la simpar Zorra Loca. Al fín, el viejo jefe, guiado por los consejos de su esposa, la discreta Madre de Zorra Loca, hubo de rendirse a la evidencia y ponerse a convivir con los hechos — y con los siete nietos nacidos del estupro en parto univitelino - y dió su amada Zorra Loca - hija de sus entretelas estuprada por un farsante, según lloraba amargamente - en matrimonio al brujo sátiro, quien rápidamente desempolvó la placa dorada y su título de adivinador y montó la consulta de brujo en las afueras del poblado.

 

En el orbe musulmán, en época de eclipse, los ayatollhas claman furibundos contra todo bicho viviente, advirtiendo en la fatwá sobre el pecado en que caen los que aprovechan la oscuridad para abandonarse al fornicio u a otras licencias inmorales que harían enrojecer al propio Mahoma. Sin embargo, más puede la locura del amor que la cordura amenazante de los mullás, y los mahometanos no hacen mucho caso de las advertencias, dándose al amor nocturno con gran dedicación y deleite. ( Lo que sin duda complace al Profeta.)

En resúmen, épocas, culturas y reacciones dispares para un mismo fenómeno astral que el hombre cada vez comprende menos. Y es ahí cuando aparece la nueva corriente filosófica unificadora que deja en mantillas al mismísimo Kluivert Stanjos, maestro noruego de filósofos de padre inglés y madre siciliana muerto en extrañas circunstancias mientras se interrogaba sobre la substancia moral de un tomate al que acariciaba en su regazo.

Dice esta corriente filosófica: Si no comprendes un fenómeno astronómico ni puñetera falta que hace, basta con que sepas comercializarlo. (La venta de 800 millones de gafas a 7 dólares unidad con ocasión del último eclipse, da perfecta idea de la supremacía moral de esta nueva corriente filosófica.)

A tal corriente viene bien el hecho de que los eclipses, como las crisis matrimoniales y al contrario que el resultado de las quinielas, siempre han sido fenómenos perfectamente previsibles en el tiempo y en sus consecuencias. En concreto, hubo un eclipse solar, famoso porque duró un par de horas e hizo ponerse el pijama a todo el mundo, que ya había sido pronosticado unas centurias antes por un tal Ptolomeo el Sefardí, si bien con un pequeño margen de error de 357 años.

Este hombre, y sefardí, que desde luego jamás arriesgó sus ahorros jugando a la lotería, mejor hubiera hecho en reirse él sus gracias en vez de atemorizar al personal, ya que cada año, en las calendas previstas por sus predicciones, se armaba un lío del demonio y la colectividad mundial de la época entraba en fuertes convulsiones sociales.

Y conste que este individuo no fue el único, ya que cualquier científico de medio pelo o filósofo que se preciara, siempre acababa pronosticando un eclipse; su eclipse, al que eventualmente le daba nombre (y a veces sus apellidos si la paternidad era incuestionable, lo cual raras veces ocurría.)

 

Sin embargo, el tipo que más se dió a estas cosas fue un tal Nostradamus, individuo de natural pesimista que se empeñaba en escandalizar a todos, fieles e infieles, anunciando hecatombes y catástrofes sin cuento.

El hombre pergreñó las profecías llamadas Centurias Astrológicas, augurios en los que describía no sólo lo que había salido mal desde el origen de la humanidad, - que era casi todo, para qué nos vamos a engañar -, si no anunciando además que la cosa iría a peor.

Michel de Nostredame, que así llamaban sus amigos y conocidos al médico y astrólogo franchute, tildándole de amanerado por su apellido afeminado, ya metido en harina, se lió a inventar el horóscopo y les hizo unos cuantos a Catalina de Medici y a Enrique II.

En ellos los monarcas franceses salían particularmente bien parados, al igual que Carlos IX el Tartamudo, a quien le hizo otro bastante lisonjero anunciándole que recuperaría el don del palique, el cual, en agradecimiento y aunque nunca llegó a hablar con la brillantez de un catedrático, nombró al astrólogo médico de la corte para tenerle a mano y sacarse por la gorra las clases de logopedia.

El tío, ya en estado de franca excitación después de obtenidos los favores del rey, - emocionado éste a su vez por lo del logopeda gratis -, predijo que habría un eclipse solar en el fin de milenio y que la cosa se pondría francamente chunga, de modo que "esto" se iría a hacer puñetas.

Bien, ¿Y de cual milenio, si puede saberse?, -se mofaron sus detractores, poniendo al adivino en un aprieto.

Je ne sais pas, - parece que respondió el sabio, dando origen a uno de los célebres silencios de Nostradamus que ha traído de cráneo a sus biógrafos desde entonces.

Sea como fuere, el caso es que estas profecías del astrólogo sobrecogían el ánimo temeroso de los mortales y los traían a mal llevar, provocando suicidios, desesperaciones y todo tipo de salidas de tono, aunque la mayoría de las veces las predicciones eran tan exactas como la de que yo pueda ser un día ministro religioso de alguna confesión baptista.

 

Con el paso del tiempo, los adelantos científicos en el campo de la astronomía han dejado hecho unos zorros el cuerpo teórico-esotérico del referido Rappel francés.

Hoy ya se pude predecir con precisión notable el día, la hora y hasta la zona a la que afectará el apagón. De hecho puede saberse si vd en su casa disfrutará de sombra o no y a qué hora ocurrirá éllo para que pueda subir el toldo.

Eso es bueno, ya que a partir de ahí, como dijo un sesudo analista en telediario prime time, cada cual puede sacar sus conclusiones y tomar sus precauciones, organizándose el ir de compras y los recados que siempre dejamos para última hora.

Donde no hay consenso, sin embargo, es en sus efectos. De seguir a pies juntillas las predicciones del presentador referido, todos los humanos, hasta mi tío Jonás, seríamos víctimas potenciales del fenómeno. (Aclaro que el hermano de mi madre lleva treinta y siete años muerto, si bien la ciencia, tras laboriosos experimentos, ha conseguido que le crezca la barba 87 centímetros, lo cual es casi tan fenomenal como el propio eclipse.)

Ahora bien, sobre su incidencia concreta en el medio, todo son cábalas. En particular, nadie sabe qué ocurre en las plantas y en los humanos con los rayos violeta que provocan estos apagones inopinados.

En los humanos, se presumen ataques de amnesia y de sonambulismo inducido que hacen que alguno - desorientado, según afirma - se dirija a dormir al piso de enfrente con la mujer del vecino, sorteando sonámbulo el rellano de la escalera y las iras de su esposa.

En las plantas, tal vez se den cambios en el ADN y ello explique como algún tomate pasa a transformarse en un calabacín con apariencia externa de alcachofa, lo que ciertamente representa un problema en la dieta de los vegetarianos.

Una científica noruega sostuvo en una ocasión que, según había leído, era probable que a algunas mujeres les crecieran los pechos, lo cual —añadió, pensando mayormente en ella, lisa como una plancha a su pesar - era muy de agradecer. Sin embargo, ya digo, todo ello son especulaciones que hoy por hoy no llevan a ningún lugar práctico.

 

Ya aburrida la historia con tanta historia y con tanto eclipse, con el declinar del siglo XX se anunció uno que, definitivamente, acabaría con todo y con el mundo, si acaso no fueran la misma cosa, provocando el anuncio una gran expectación mundial, mayormente por los efectos prácticos previstos y su incidencia en nuestras interesantes vidas en las que nunca pasa nada, a excepción de algún sobresalto por la caída terrorífica en la bolsa de las acciones de eléctricas que, ¡oh Dios!, justamente compraste anteayer con los exiguos ahorros acaparados en veinte años de oficinista malnutrido rumiante de chicles.

Ahora, en los postres del milenio, si iban a pasar cosas, -anunciaron los agoreros.

De modo que la gente, al margen del canguelo, ante la inminencia del fenómeno, se lió a comprar gafas, monóculos y quevedos para presenciar la singularidad mágica, con gran regocijo de los empresarios ópticos que esperaban desde hacía años el fenómeno para forrarse.

Con la razón ciertamente eclipsada, todos contaban y no paraban sobre lo que ocurriría y hasta sobre lo que no ocurriría cuendo llegara el temido eclipse.

Bernardo Chiribiri, mediocre empleado de notarías pero aficionado al esoterismo en sus ratos libres, ilustrativamente llegó a ejemplificar en la oficina el fenómeno comparándolo con el efecto que producía su esposa, Berta Tortellini, al ponerse en la ventana principal del salón-comedor en un día soleado: la oscuridad en el salón era total y rápidamente comenzaba la bronca en el pacífico hogar al protestar toda la familia suplicándole a la gorda Tortellini que ahuecara el ala de la ventana.

 

En todos los centros de trabajo se hacían cábalas sobre qué hacer si el fin del mundo llegaba con el eclipse a la hora programada, justo después del almuerzo, como había anunciado el adivino francés.

Así, Honorato Casabona, trabajador de una cadena pública de televisión célebre por su déficit, anunció que, de darse el fín del mundo, rápidamente se dirigiría a la cafetería para zamparse un buen bocadillo de calamares para que la muerte le sorpendiera haciendo la digestión y así hacer la cosa más llevadera.

Telmo Sorribes, amigo del anterior, amenazó con hacerle el amor a cualquier hembra que cayera en sus manos por los pasillos del centro televisivo en torno a las 12 de la mañana, que era la hora bruja para la que se prevía el eclipse y el fin del mundo: si había uno de morir, mejor hacerlo relajado y con una sonrisa en la boca, anunció a sus amigos. (Realmente dijo bien follado, pero es bueno guardar las formas cuando uno narra para vdes, ociosos lectores.)

Lealtad Miñana, colega de almuerzo del fornicador en ciernes, le sugirió que no sería necesario usar preservativos ni practicar el coitus interruptus por temor a las consecuencias, ocurrencia que fue celebrada por los presentes.

Y, ya en plena euforia festiva, alguien añadió que sería un buen momento para vaciar los grandes almacenes de El Corte Inglés y llevarse las gangas a cargo de la tarjeta, o para hacer lo propio con la Visa.

 

En la tele, los locutores, científicos de plató por unas horas, convenientemente asesorados por los servicios de documentación, peroraban en el telediario sobre aspectos técnicos que desconcertaban a los expectadores.

Así, Renato Furcio, - ocioso preguntarse sobre el origen de su apellido -, eminente eclipsólogo aficionado a la cosa desde la infancia, que eventualmente ejercía de presentador al haberse colado de rondón en la bolsa de trabajo en un eclipse anterior que pilló a los otros aspirantes por sorpresa, explicó que los hay lunares y solares. El lunar, - afirmaba el enfebrecido Furcio borracho de conocimientos ante la cámara -, tiene lugar cuando la Tierra se encuentra entre el Sol y la Luna y su sombra oscurece la Luna; el solar, es el que se produce, mutatis mutandis, cuando la Luna se encuentra entre el Sol y la Tierra y su sombra oscurece la tierra.

Ya en franco éxtasis de facundia y ciencia astronómica, Furcio se soltó el pelo añadiendo que cuando se interponen cuerpos celestes más pequeños, tal como un meteorito del tamaño de la cabeza del cabezón de la oficina, de un balón de rugby, etc., entónces se trata de simulacros de eclipses, o sea, de eclipses de andar por casa llamados tránsitos, añadiendo ya con mirada homicida y en franco desafío científico a quienes osaran discutirle, que un momento antes de que el eclipse fuera total en la corona solar destellarían brillantes puntos de luz llamados perlas de Baily, perlas que reaparecerían cuando finalizara el fenómeno y se hiciera la luz. En cuanto a su periodicidad, - prosiguió Renato, desatendiendo las señas ya exasperadas y amenazantes del realizador de plató -, ésta depende de cuando se cruzan las órbitas de la luna y el sol, lo que sucede cada 6.585,3 días, unos 18 años y 11 días más 8 horas aproximadamente, originando los ciclos llamados saros; durante un saro tienen lugar 70 eclipses, 29 de Luna y 41 de Sol, unos parciales y otros totales y otros indefinidos.... Sólo la intervención conjunta de los guardias de seguridad y varios ampleados consiguió sacar del plató a un babeante Renato cuya mirada estrábica se perdía en el infinito y en el muslo derecho de la presentadora, a partes iguales.

 

A causa de lo que se ha dado en llamar la Aldea Global de la información, la expectación sobre el fenómeno y sus consecuencias llegó a los lugares más recónditos de la tierra.

En Lifou, Nueva Caledonia, atolón coralino habitado por los lifousinos y en guerra permanente de religiones, - a pesar de residir en él sólo cuatro nativos -, la excitación iba en aumento conforme se acercaba el día vaticinado por la tradición oral.

Hisse-¡hé!, fundador de la dinastía kanaca, padre de uno de los cuatro vecinos, abuelo de los otros dos y tío carnal de todos ellos, lo había pronosticado con toda claridad setenta años antes, después de meterse una siesta harto de licor de coco tratado con hierbas añejas, brebaje cuyos efectos a menudo provocaban conflictos entre los aburridos lifousinos:

Y de pronto se hará la oscuridad y nadie verá más allá de su nariz.

— había mascullado Hisse-¡eh! antes de caer otra vez dormido.

¿Será ello responsabilidad del Gran Chamán, o de las grandes compañías de la electricidad que nos tienen abandonados aquí en el pacífico?, - le habían inquirido los otros cuatro.

Nada de nada. El jefe borrachín no había soltado prenda y había decidido continuar dormido por el resto de la eternidad, convirtiéndose en una carga para la tribu que ahora tenía que mantenerlo en la nevera del clan en estado de hibernación en la perspectiva de poderlo clonar algún día, cuando se le pasaran los efectos del calimocho lifousino.

 

En otro confín de la tierra, las madres monjas de la congregación Hijas de la Fe se despendolaban bailando con las bragas de sombrero en un festorro que habían organizado para ponerse en sintonía con el evento, un poco hartas ya de tanta renunciación a los placeres terrenales y con ánimo de resarcirse a la carrera del tiempo perdido.

 

Se decía, además, que el eclipse que se anunciaba coincidiría con la caída a la tierra de una estación espacial que habían puesto en órbita los rusos cuando eran enemigos del occidente, lo cual tambien era mala pata ¡jo!.

Así lo vaticinaba un célebre modisto que había hecho fortuna vendiendo suéters y colonia con olor a brillantina, - si bien la cobraba como si fuera oro líquido -, aprovechando el tipo la ocasión para huir de sus acreedores despistándoles mediante el anuncio de la catástrofe que se abatiría sobre París, al tiempo que él ponía tierra de por medio y se dirigía a alguna isla de la Polinesia oriental.

 

En la intimidad, cada uno vivía el fenómeno a su manera y las situaciones eran de los más varipointas.

La Mezzosoprano Ramona Colirio, 147 kilos en canal, afirmaba que ella no tenía miedo a nada ni a nadie, - de lo que podía dar fe su esposo -, que ella se hallaba en paz con Dios y con su honrra y que, de arrimarse más de lo conveniente, el tal eclipse podía llevarse un buen coscorrón. (En realidad la de los gorgoritos había oído hablar de un tenor llamado Robertino Elipse que solía meter mano a las primadonas en los ensayos cuando bajaba el telón y el director de escena se distraía).

Las hermanas Sigfrida y Eleonora Borrull, pese a ser de la misma madre y del mismo padre, - según parece, desconocido en ambos casos -, mantenían en lo físico una asombrosa disparidad: Una era enorme, culona y descreída; la otra mojicata y pequeña, como hija de un óvulo menor, luciendo una de ellas, la más exhibicionista, unas enormes pistoleras, como el mismísimo John Wayne, en tanto que la otra lucía sus carencias ataviada con trapos de diseño, consiguiendo el mismo efecto que una escoba en vestido de noche.

Habitualmente coincidentes en moda, perfumes e ideas, - o en su ausencia -, las dos cazadoras de hombres se vieron sorprendidas por el eclipse en pleno día, planteándoseles la duda sobre si después del adevenimiento podrían casarse con un futbolista, según habían soñado desde pequeñas de acuerdo con los atinados consejos maternos.

 

Más allá de sus efectos en los mass-media, que sin duda ayudarían a enriquecer a algún editor o a una legión de ellos, las expectativas del eclipse en el campo científico eran prometedoras, poniéndose en marcha diversos experimentos.

En concreto, en uno de ellos, se trataba de investigar la influencia de la penumbra en el péndulo de Foucault — en las discotecas y en el cine de barrio tal influencia ya es bastante conocida - y en el movimiento armónico simple, idea que había servido al semiólogo Ecco, - erróneamente relacionado por el populacho, sin base científica alguna, con el fenómeno de la propagación del sonido -, para construir una buena novela y, de paso, hacerse una fastuosa mansión en Palermo.

A dicho fín, la NASA había dispuesto un operativo, naturalmente televisado, en el monasterio de Kremsmünster, evento al que debían concurrir con sus especialidades en el portafolios científicos de toda laya; desde afamados meteorólogos hasta comprometidos especialistas en los movimientos reflejos de las amebas.

Hoy, con la perspectiva del tiempo, ya sabemos que el resultado fue decepcionante: el péndulo ni se movió y los científicos emigraron del monasterio-parador dejando la cuenta sin pagar y provocando la dimisión del responsable de presupuestos de la NASA originando la persecución del hostelero que aún dura.

Y llegó, por fín, el día anunciado... pero eso es cosa de algún capítulo próximo.

 



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