LOS
FUNERALES DE DON TORCUATO
El último funeral
de Don Torcuato, - y lo de último no es ocioso y conviene reseñarlo
por lo que después se verá -, no pudo ser más curioso.
En sí, el hecho de morirse Don Torcuato, ya fue algo divertido, al
espichar de risa mientras observaba atento la caída de un vecino en
la escalera de la finca urbana en la que había residido desde que
la construyeron a principios de la postguerra. Aunque, ciertamente, lo más
notable fue lo inesperado del óbito.
Ya se sabe que la gente
sigue la curiosa costumbre de morirse cuando nadie lo espera; mucho menos
el propio interesado, a quien suele pillarle de sorpresa y lo acepta a regañadientes.
Pero es que, además, Don Torcuato Centeno se hallaba en la flor de
la vida e incluso tenía nueva amante desde hacía unas semanas,
la cual, amén de darle una buena razón para vivir y retozar,
eventualmente pudo muy bien ser la causa eficiente del óbito por mor
de tanto uso y abuso del camastro en esa enésima juventud que Don
Torcuato creía haber descubierto.
Por cierto que Angelita,
que así se llamaba la amante de Don Torcuato, estuvo francamente impertinente
en todo el ceremonial religioso y civil del entierro. Comenzó por
hacer un ruido espantoso como de trompeta de caña cada vez que la
compungida viuda se limpiaba las narices y las lágrimas, poniéndose
a deambular por la casa durante el velatorio sin recatarse de darse a conocer
como la amante oficial del finado, casi como si se presentara en sociedad,
realizando con desparpajo algún que otro comentario improcedente.
Por ejemplo, el de que ella había visto el testamento y ninguno de
los presentes, hermanos e hijos de Don Torcuato, estaba incluido en el mismo,
añadiendo que, según le había confesado en alguna ocasión
cuando, después de realizar el acto pecaminoso, quedaban estroncados
y mataban el tiempo cotilleando plácidamente, todos ellos le caían
mal al fallecido, añadiendo Angelita, a voz en grito y con gran escándalo
de las veladoras, que sería buena idea que se dejaran de tanto lloro
y comenzaran ya a leer las últimas voluntades, pues, además
de amante, también era acreedora legítima del muerto al haberle
prestado veinte mil duros en una ocasión.
Pero ya digo que este
nuevo entierro, además de la incidencia escandalosa del descoque irreverente
de Angelita, registró otros notables sucesos. Por ejemplo, pocos podían
imaginar que aun Don Torcuato de cuerpo presente se haría también
presente el cuerpo de un cobrador de seguros de la mutual El Ocaso que amenazó
a los deudos con no tramitar el deceso coche mortuorio, flores, caja
y otros y dejar el ritual a medias si no abonaban a tocateja la póliza
atrasada, lo que dio lugar a un rápido cabildeo familiar que concluyó
con la decisión de pagar la pequeña cantidad de la prima debida
para no tener que afrontar la totalidad de los gastos del sepelio o dejar
al muerto a su suerte, compuesto, sin entierro y al relente.
Don Torcuato entre
tanto, con los ojos abiertos como platos, ojeaba, - obviamente sin ver y
se diría que con mirada abstraída -, todo lo que le rodeaba,
esbozando una mueca de sonrisa misteriosa. Aunque tal vez la mueca tuviera
causa en la falta de su dentadura postiza, puesta a buen recaudo por la viuda
en su pretensión de devolvérsela al odontólogo, ya que
sólo hacía unos días que la tenía y apenas la
había usado, por lo que albergaba la idea de revenderla como si fuera
de segunda mano.
Llegado el mediodía,
algunos de los presentes comenzaron a rebullir inquietos ante el olor penetrante
de Don Torcuato, que había comenzado a hacerse más perceptible
en la medida en que había ido avanzando la calurosa mañana.
Sin embargo el pestazo a muerto, de suyo desgradable, tenía como positivo
eliminar la posibilidad de que esta vez sucediera lo que había ocurrido
un año antes, también con ocasión de la muerte de Don
Torcuato: su resurrección. Y es que Don Torcuato ya había muerto
y resucitado otras veces.
En efecto, como habían
concluído médicos y científicos cualificados, Don Torcuato
sufría una extraña dolencia cuyos efectos le dejaban muerto
durante periodos más o menos largos, provocando a su alrededor la
actividad usual en estos casos; esto es, la puesta en marcha del rito mortuorio,
con misa, flores, velatorio y demás apartados. En realidad con ésta
ya era la quinta vez que el viejo mastuerzo moría, sin que a nadie
se le hubiera ocurrido aventurarse a hacerle la autopsia. De hecho la autopsia
únicamente se la hicieron la primera vez y tremendo fue el susto que
se llevó el médico forense, cuando Don Torcuato, espoleado
por el filo cortante del bisturí, cuya frialdad comenzó a percibir
en la ingle al dibujar el matasanos el trazado, incorporándose como
una exhalación en la camilla, le espetó un sonoro "Pero
¡coño, ¿qué cojones hace usted?!," lo que hizo
que el forense, recien acabada la carrera y cogido destino novel en el Juzgado,
literalmente se cagara encima y saliera huyendo de la sala-quirófano.
Este singular suceso
fue muy celebrado en todo el pueblo, comenzando así la leyenda sobre
la inmortalidad de Don Torcuato. Y es que, - como decía un parroquiano
-, con 60 años, enviudado siete veces y con amante actual, fumador
desde siempre y pendón y bebedor desde la misma época, era
un milagro su vitalidad tan sombrosa.
Fuere como fuere, el
caso es que el hombre, salvado in extremis de las bascas carniceras del Doctor
aprendiz de forense, cayó en la cuenta de la levedad de lo terreno
y se aplicó más a su vieja máxima de vivales, abandonando
ya definitivamente cualquier prevención moral y tirando al derecho
por el camino del pendoneo.
De cierto que su entusiasmo
en la molicie y en las orgías, necesaraimente hubo de repercutir en
su salud, afectando también a su santísima esposa, sujeta a
partir de entónces más que antes a los descabellados humores
del resucitado.
Todo eso, ya digo,
fue con ocasión de la primera muerte. En las otras cuatro, en procura
de lo que pudiera suceder, nadie se aventuró a hincarle el bisturí,
aunque, la segunda y la tercera vez, la familia puso en marcha las exequias,
confiada en cada ocasión en que esa vez la cosa era definitiva. Sin
embargo, cada vez volvía a repetirse la historia y a suceder el milagro:
Don Torcuato, como un Cid Campeador, revivía tan pancho y, después
de coger un buen cabreo y eventualmente inquirir sobre quién le había
puesto la mortaja, se iba al bar depotricando y comenzaba a rehacer su vida
terrenal por enésima vez.
La ocasión anterior,
a mediados del verano pasado, sucedió que cayó como un pajarito
mientras veía su telenovela preferida, que en realidad eran todas.
Doña Conce, que así se llamaba la viuda, aunque de nombre de
pila era Mª de la Concepción de las Mercedes Santuarias, se dio
cuenta de que algo no iba bien cuando desde la cocina dejó de oir
los ronquidos del pater familiae, que, por cierto, le había dado una
bofetada media hora antes y se había pusto a dormitar disfrutando
de la telenovela y ajeno a cualquier remordimiento.
De nuevo vinieron las
carreras, el llamar al médico y al cura, y de nuevo, por supuesto,
resucitó Don Torcuato. Esta vez al cabo de un día y medio,
cuando ya procedían a vestirle con el terno de riguroso color negro.
Esta vez regresó a la vida desde la caja cuando iban a taparla y,
como si saliera de un trance, se puso a insultar al mismo demonio y a la
mala pécora de su santísima, la cual, según sus palabras
parece que tenía prisa en deshacerse de él.
De nuevo hubo conciliábulo
médico, consultorio y analíticas. Y de nuevo la misma ausencia
de explicación médica: Don Torcuato había estado casi
cuarenta horas sin respirar y sin realizar ninguna función vital salvo
expeler algunos gases y, no obstante, ahí estaba, más fresco
que una acelga.
Sin embargo, ya digo,
ahora, volviendo al presente, la cosa parecía definitiva. Don Torcuato,
a pesar del rictus de sonrisa por la carencia de molares, parecía
definitivamente acabado y fiambre.
Una vecina se había
dejado caer por el velatorio por el qué dirán y por la gran
amistad que le unía a la viuda y, hasta hacía unas horas, al
propio Don Torcuato. Sin embargo, lo cierto es que, al ser particularmente
aprensiva, no podía dejar de mirar de reojo al muerto sin acordarse
de historias de fantasmas y, por supuesto, de la extraña habilidad
de Don Torcuato para resucitar.
Ya en el camposanto,
comercializado por la empresa funeraria como Jardín de la Paz Eterna
para almas de alto standing, - aunque la tranquilidad y la paz en esas circunstancias
resulta inevitable y no parece distinguir entre almas selectas y cadáveres
del Pozo del Tío Raimundo -, los concurrentes anduvieron inquietos.
Alguno sintió la necesidad imperiosa de aliviarse un pis detrás
de los matorrales mortuorios, ante la mirada inquisitorial del jardinero
de la empresa del rascayud, al que la cosa le pareció una guarrada
bastante irreverente.
Todos asistieron circunspectos
al momento culminante en el que la viuda tiró el primer puñado
de tierra sobre el arca de raelite sólo a tal calidad de madera
había dado lugar la exigua póliza suscrita por Don Torcuato
-, prorrumpiendo la viuda y los hijos en lloros desgarradores e hiposos como
simulados y los asistentes en gestos de impaciencia. Y es que, siguiendo
la costumbre de los antiguos pobladores extremeños, a cuya estirpe
pertenecía la familia del muerto, los hijos y la esposa tenían
organizada una comilona como colofón final de las exequias, la cual
no era cosa de perderse.
Ya de regreso a la
casa, antes de dirigirse al restaurant, la esposa, mientras los hijos la
esperaban en el portal, se puso a buscar las llaves del viejo arcón
en el que el finado guardaba sus cosas, con la esperanza de descubrir los
secretos que su santo marido, - Nada de santo, el viejo cabrón, se
decía ahora para sí ya sin ningún disimulo -. El muy
bastardo le había ocultado durante estos años todos sus secretos,
guardados de matute en el arcón, e incluso, tal vez, el secreto de
su fastidiosa inmortalidad. Sin embargo, a saber dónde estaban ahora
las llaves, igual el viejo cabrón se las había llevado a la
tumba entre sus partes, único lugar en el que la viuda no había
puesto la mano al amortajarlo por pura aprehensión.
Sólo faltaría
eso, se dijo Doña Conce para sí, mientras ponía fin
a su ensimismamiento la insistencia de sus hijos que en ese momento la conminaban
a bajar desde la puerta de la calle. Bien, volvería a intentarlo al
regreso del restaurant, se dijo para sí un tanto confusa.
Pasado el ágape
mortuorio, todos los miembros de la familia regresaron a la casa con cara
de traspuestos, sin saber muy bien como abordar la nueva situación.
En particular, se morían
de expectación por la lectura de las útimas voluntades del
finado.
En ese sentido, las
palabras de la amante, - zorra desvergonzada en palabras de Doña Conce
en el velatorio habían provocado gran desazón en la
familia, la cual veía posible cualquier majadería de Don Torcuato
a modo de despedida de este mundo. Por eso el momento de la apertura del
testamento, acto que debía realizarse esa misma tarde en el bufete
del fedatario D. Crisantos Mora, era esperado con desazón y con la
expectación de saber con qué ocurrencia se descolgaba ahora
el viejo cabrón, amén de la avaricia usual en estos casos.
Don Crisantos ordenó
a la auxiliar que le trajera el protocolo, libro gordo como una embarazada
y que contenía una parte sustancial de la historia del trasiego inmobiliario
del pueblo en los últimos meses, que era bastante, por cierto.
Una vez abierto en
canal el libro de legajos sobre la mesa, Don Crisantos se aprestó
a seguir el ritual pronunciando un solemne:
- "Bien, procedamos
a dar lectura a la voluntad del malogrado Don Torcuato Centeno del Pinar,
residente de esta vecindad y de amistad que nos honró en vida. Dicha
voluntad se halla recogida en testamento otorgado ante mi el pasado día
diez de enero del año en curso, el cual aparece como último
a dicho efecto en certificación del Registro de la Direccion General
de Registros y Notariado que incoporo a este acto..."
Los concurrentes asintieron
con el alma en vilo, sin realizar apenas movimento corporal alguno, mientras
Don Crisantos proseguía la lectura, aunque no pudieron obviar ciertos
gestos de asombro escandalizados de la locura de Don Torcuato, que, en esta
su despedida, se había despachado a gusto superando con mucho aun
lo peor que podía imaginarse de tipo tan miserable.
En sustancia y para
concluir pronto, según refería el fedatario, el finado legaba
todos sus bienes a la Santa Madre Iglesia, dejando a sus hijos y viuda sólo
las ganas de heredar. O sea, que les desheredaba con todas las de la ley.
Y por si la cabronada no era bastante, aun se permitía el lujo de
oficializar su adulterio, reconociendo a Angelita Caparrós como su
amante oficial. El muy majadero recordaba en el testamento lo mucho bueno
que le había dado la moza en los últimos meses, a la que ahora
le legaba el apartamento de la playa, en el cual había confiado
el fallecido en sus memorias testadas al notario habían retozado
él y la pelandusca de forma tan gozosa y placentera...
- "Cabrón,
cabrón, cabrón, cabrón, cabrón, cabrón...!
Esas palabras tan poco
legales fueron las únicas que salieron de la boca de Doña Conce,
gripada como una Derby, antes de entrar en profundo trance y caer fulminada
sobre el sillón víctima de un soponcio que le quitó
el aire y con él la vida. (Al fin y al cabo élla no era inmortal
como el viejo bastardo de su marido).
Sin embargo, a la
misma hora, Don Torcuato aguardaba expectante en el hall de recepción
celestial; había oido rumores de que estaba entrando una nueva remesa
de pecadores, remesa en la que posiblemente pudiera venir su santísima.......
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