EN VISPERAS DEL FIN DEL MUNDO
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¡TE FOLLARE HASTA EL AMANECER!

Reconozco que eso era más fácil de decirlo que de hacer.

Una frase estúpida que se me había ocurrido en el embelese de la pista de dancing ante los meneos desaforados, como de bantú enloquecida, de Lady Maciza, o Lady Macizona, o macizorra a secas, que menuda estaba la tía en la pista de la disco. "Te follaré hasta el amanecer" le había soltado a bocajarro, con el ímpetu propio de los ligones machos.

No se donde había oído la frase, tal vez en alguna película de Almodóvar, pero lo cierto es que se me había ocurrido a mi solito - ¡brillante ingenio! - entre la intuición y la calentura, o tal vez entre mi cortedad natural en estado sobrio más el añadido del bourbon de kentucky y la lengua estropajosa en el estado líquido que tenía en la pista.

Y ahora, claro, la tía quería lo suyo; quería su ración con eso de que lo prometido es deuda. Pero ese cursi "Cariño, voy al baño a hacer un pis y vuelvo..." que me acababa de soltar, adornado con aquella mirada asesina de pura lujuria, la verdad es que me había anonadado un poco, y si no había salido corriendo en bolas con los calzoncillos en la mano era simplemente porque no estaba seguro de que, después de los excesos de la noche pasada, las fuerzas me acompañaran en la aventura de los cien metros con escaleras que había hasta el coche que había dejado a un par de manzanas, por eso de la discrección de que la tía estaba casada y tal y tal.

Y si estaba casada, ¿¡qué cojones hacía en la disco acosando a los pobres pichaflojas!?, o sea, a mi. ¿Acaso no se lo hacía con su marido nunca?. ¡Maldita mujer!

De modo que la tía quería más y más, a pesar de llevar ya siete horas en la cama en una actividad frenética y haber echado ya el quinto quiqui, al menos, y estar yo a punto de reivindicar los santos óleos.

Mentalmente reflexioné en la máxima de que "d'on no hi ha no es pot tràure", (de donde no hay no se puede sacar, N.E.) sentencia cierta donde las haya, y la verdad es que de mi ya no había mucho que sacar. Apenas me quedaban la respiración y el jadeo entrecortados, restos de la furia de la gran folladora bailarina, la gran loba del camastro. ¡Dios bendito!.

Y ahora se iba al water y seguro que volvía para rematarme: ¡No te fastidia!, ¡¿Por quien me había tomado?!. ¿Tenía yo pinta de esclavo senegalés!. Cierto que no, además de faltarme alguno de sus atributos (y no el menos principal).

 

El caso es que la tía acababa de tirar de la cadena haciendo un ruido espantoso y ahora se oía como que se estaba refrescando el chichi en el bidé, lo que seguramente necesitaba para enfriarlo de tanta frotación.

Por lo que a mi respectaba, tenía la triste pelila en carne viva, corta y cuelgue, temerosa y escondida bajo el pubis como queriendo expíar sus pecados, que eran los míos. Y es que la vieja amiga, - mi otro yo hablando en términos filosóficos -, después de acometer la heroicidad de levantarse desafiante tras media botella de bourbon con el preámbulo de los siete "burrets" (bebida comarcal a base de cocacola y cafe-licor), había tenido que claudicar, rendida y derrotada como el ejército del moro ante la loca cabalgada de la loba que ahora amenzaba con salir del baño a rematar la faena. Lógico, pues, que ahora se escondiera temerosa en la entrepierna escocida.

Una teta enorme fue lo primero que asomó por la puerta del baño. Más que una teta ordinaria, de las de ir por casa, parecía La Gran teta, si alguna vez existió. Era un tetón, una señora teta de las de concurso. Era casi como un balón de la FIFA. Después apareció la otra, lo cual no me extrañó según mis conocimientos de simetría elemental y, a renglón seguido, apareció la jamona entera en todo su explendor y poderío. Era como la Venus saliendo de refrescarse el chichi para poner frenéticos a los romanos. Una supertía de una pieza y con caderas. Justo lo que a mi me desquiciaba desde siempre; las caderas. Las mismas caderas asombrosas que me habían embobado en la pista de baile.

 

Y su mirada no dejaba lugar a la duda: La tía quería más, por lo que, al ver aquellos labios carnosos, - los de arriba y los de abajo -, noté un sobrecogimiento en la tita. Ni por esas quería la vieja amiga meterse de nuevo en problemas. Menos mal que a la cachas se le ocurrió encenderse un piti para desempalagar.

- ¿Te molesto si fumo?,

- ¡Que va!. Dale, dale, que un descanso siempre viene bien. - Aflojé con sorna. Y allí que la jamona se encendió el filter, -Fortuna, creo que era-, metiéndose una calada profunda que casi le saca el humo por las orejas mientras me dirigía una mirada pícara de "Prepárate, que ahora te apaño, nene..." que de nuevo me sobrecogió en mi alicaimiento.

 

Pues eso, que no me lo pensé dos veces. Simple cuestión de supervivencia: o poner tierra de por medio o morir follado a manos de aquella fiera. Un suspiro y ya estaba en el rellano de la escalera...

De modo que me puse a correr a todo meter entre la aglomeración de gente por la calle peatonal, víspera de reyes, cabalgata del centro comercial histórico, orgía de tiendas, papis, mamis, abuelos y nenes que, al verme pasar, dejaban de mirar la cabalgata y concentraban su atención en mi humilde persona como si me hubiera escapado del desfile.... De pronto caí en la cuenta del porqué de las miradas:

¡Hóstias!, se me habían caído los calzoncillos..., pero ya era tarde para regresar a por mis abanderado... Además, al volver la vista atrás, observé — y ahí si que se me heló la sangre en las venas - que la jamona folladora venía también por la calle peatonal a galope tendido y como Dios la trajo al mundo... con una determinación francamente asesina...

 



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