VIDA
DE PERROS (La deslumbrante historia de Luciana Escalfaro)
Cap.
I - y único, de momento - ) MI PRIMERA HOSTIA
Allá
por el año 79, cuando servidora contaba con 8 o 9 añitos de
edad, llegó el momento de comulgar.
Yo para entonces
cursaba estudios en las Esclavas del Sagrado Corazón de Jesús,
colegio de monjas ubicado en La Barranquilla. Allí no se hacían
primeras comuniones, así que cada cual se las arreglaba en su parroquia.
La mía
era la Insigne Catedral, pero mi familia se emperró en que comulgase
en el Palacio del Virrey, y como tenían amistades con algunos curas
de allí, lo hablaron y dijeron que no había problema, aunque
yo iba a ser la primera ni–a en la historia desde que Pizarro conquistó
el Perú que comulgase en aquella Iglesia, porque allí sólo
comulgaban los estudiantiles de los jesuitas. Conmigo, ya digo, iban a hacer
una excepción por ni noble linaje.
Por fortuna,
me liberaron del tormento de ir al catecismo, ya que, por lo que dijo el
Padre Rebolledo, con la preparación que me daban en mi colegio, era
más que suficiente... hasta para salir teóloga...
¡Y tanto
que lo era! rezábamos el rosario todos los días, íbamos
a misa una vez por semana entre semana y, siempre andaban enseñándonos
canciones de misa en las clases de canto, con el tarro comido de gorgoritos
y loas a la vieja Fundadora de la Orden, Santa Graciela Tiburcia, (que ahora
que recuerdo era sólo beata). Nos pasábamos la vida yendo a
misa y rezando para que el Papa, que por entonces creo que era Pablo VI,
la nombrara Santa, como así fue.
Además
cada vez que se moría una monja - que lo hacían de puro viejas
- ¡Ale!, todas las niñas al entierro y a las misas para el descanso
de su alma. Y conste que se morían a menudo. En fín, que si
el Domund, que si el día del hambre, que si las misiones, que si el
mes de mayo, que era el mes de María..., todos los días íbamos
a misa y le llevábamos flores a la Virgen...
No resulta
nada extraño pues, que en aquel ambiente, servidora tuviera clarísimo
con 8 añitos que de mayor sería monja - sí, ríanse
los que luego me han conocido en el barrio, pero lo cierto es que estaba
totalmente convencida de mi vocación -.
Un d’a, a dos
meses vista de mi primera Comunión, me planté delante de mi
madre y le dije que yo quería comulgar de corto, sin fiesta, regalos
ni parafernalia, que me llevara un domingo a misa, y yo comulgaría
por primera vez y punto, ¡Que humilde era yo!, ¿verdad?. No
sé si es que yo entonces estaba infantilmente chalada, o tenía
mente de monja... pero ¡No quería fiesta ni regalos!. Menos
mal que luego cambié... bueno, en realidad fue mi madre la que dijo
que ni hablar, que antes me partiría la cara. (y casi me la parte)
Tras mucho
discutir, le pedí que, por favor, al menos me dejara comulgar sin
velo, sin gorro, sin corona y sin nada en la cabeza. Y, ya en el colmo del
desespero, pues la tía no doblaba, le rogué y supliqué
por favor, que al menos no me cascara el velo, - yo lo odiaba, aún
lo odio y toda la vida odiaré el velo -, pero no valió de nada,
me cascó el gorro y el velo, tal vez para que no cogiera frío
en la cabeza.
Para entonces,
yo era un tapón, - aunque eso sí con una carita muy monina
-, creo que medía un metro si llega y tenía el pelo largo hasta
casi la cintura, ( bueno, cinturita por que era infantil ), y
mi madre me peinaba con dos coletas y como tenía el pelo rizado, pues
parecía un perro cocker, - era por esas épocas que yo jugaba
a los ángeles de Charlie, tal y como suelo contarle a mis nietos -.
Pues bien,
el día antes de comulgar, mi madre me llevó a la peluquería,
a Rulo´s Peluqueros, a que me peinaran para el evento y estuve desde
las 9 de la mañaana hasta las dos, ¡cinco horas!.
Me hicieron
el pelo liso, más liso que a Romina Power, y con la raya al lado,
- debía ser que se estilaba así -, pero claro, como para entonces
no existían las planchas ni las modernores que hay ahora, para alisármelo
me hicieron la toga a un lado, luego a otro, luego al mismo lado, luego otra
vez al lado de antes... ¡sufrí lo indecible!.
Odiaba al peluquero
que se llamaba Ramón, odiaba a la pava de la aprendiza que se llamaba
Asun y se puso ciega ejercitándose conmigo y odiaba a mi madre por
hacerme pasar ese tormento. Claro que ellos también debían
de odiarme a mí, porque me porté como una auténtica
burra y me pasé la mañana protestando, llorando y diciendo
que no quería... Pero no me valieron coplas, y hasta que no me dejaron
el pelo tieso y un dolor de cabeza terrible de tanto estirón, no pararon.
Al día
siguiente, que era el domingo 20 de mayo, en que comulgué yo, mi madre
me vistió de gasas y tules, me encasquetó el gorro y el velo,
la medalla y toda la historia y ¡ale! pal Palacio... Allí me
esperaban 14 niños vestidos de comuniantes, y como yo era la śnica
chica pues que me pusieron delante y toda la corte de niños detrás
de mi. En tal formación desfilamos por todo el Palacio, imaginense
el cuadro, yo, una enana de un metro, vestida de tules que parecía
un merengue, con unos morros que me llegaban a la pared de enfrente del cabreo
que tenía y detrás de mi todos los niños haciendo el
pasacalle y me hicieron leer en la Iglesia y el fotógrafo, que andaba
persiguiéndome para retratarme junto a San Francisco de Borja, y a
mi que no me daba la gana, pues me daba terror la calavera que tenía
el Santo junto a los pies y no había forma de hacer que me acercase
a la imagen. Encima el cura nos había advertido que al hacer la genuflexión
ante el altar, había que tocar el suelo con la rodilla, y yo que al
hacerlo me pillé el vestido y casi me parto la crisma en el escalón
del Altar...
En fín
creo que fue uno de los peores días de mi vida, - dejando al margen
aquél en el que perdí la virginidad con el camionero -
¡Ah!
por si fuera poco, creo que los zapatos - que eran nuevos y horribles, todos
llenos de puntillas y florituras - me hacían daño....
Pero no todo
fue malo, ya que al ser la śnica chica pude elegir la estampa que me dio
la gana y además algunos de los comuniantes jesuitiles me pretendieron,
pero yo los mandé a paseo y además y lo mejor de todo es que
figuro en los libros registro de comuniones de allí como la primera
niña que comulgó en el colegio de los Jesuítas de La
Barranquilla.
Pues así
fue y así os lo cuento. Menos mal que con el paso de los años
desistí de mi idea de ser monja y me hice fashion, presumida y cabal...¿Me
imaginan a mi siendo Sor Luciana de la Cruz o algo así, metida en
un hábito y con medias de calcetín y zapatos de cordón
y suela de crepe de esos que llevan las monjas...?
Espero que
les haya gustado esta historia, - o al menos que les haga ser más
comprensivos con las madres monjitas. Hacía mucho tiempo que no la
recordaba. En cuanto llegue a mi casa esta noche, le volveré a recordar
a mi madre el tormento que me hizo pasar y como la odié entonces.
Tal vez salgamos a hostias.

¡Ah!,
se me olvidaba. Con el paso de los años, cuando yo ya era mocita,
le dije a Ramón el de la pelu, hoy camionero en paro y mi esposo,
cuanto lo odié aquel día que me alisó... 
Concluyo recordándoos
un trocito de canción de misa, de lo más hortera que hayan
podido oir oídos humanos. Me se lo menos mil, así que cuando
quieran les deleito, aunque creo que con ésta será suficiente...
"Vamos niñas al Sagrario, que Jesús llorando está y
al vernos tantas niñas, muy contento se pondrá" (La rima y
la sintáxis son libres. No en vano se trata de cosas celestiales)
|